Por:
Dr. Walther Günther von Iquenhafen
La reflexión anticipada y constante sobre la muerte, es el
ejercicio de mayor previsión, contención y medicina que podamos practicar. Y no
es que esto genere insensibilidad, sino resistencia y paz, o desarraigue la tristeza
y la nostalgia en nosotros, sino que aceptación racional de nuestra naturaleza.
Aún, ante la inminente perdida de un ser amado, la
angustia y el miedo pueden ser sostenidos en nuestras manos como cuando un
alfarero da forma al barro o un panadero a la masa que luego será pan. El miedo
o la amenaza no se apodera de nosotros sino nosotros de ella, así, la muerte no
hace lo que quiere, sino que lo que nosotros le permitimos. En efecto, en este
trance, no podemos impedir a ésta que cumpla su cometido de terminar con una
vida, pero sí podemos coartar por completo la estela de sufrimiento que
acostumbra regar por donde pasa, es decir, la impresión, sorpresa, asombro, impacto,
tristeza y dolor no se estrellan contra una sólida pared, sino que son amortiguados
y absorbidos por los blandos y tiernos pastos de la previa reflexión.
No postulo al olvido, ni a la evasión, sino a la
aceptación y no rebelión contra la muerte, pues ella sólo es la llave que cierra
la vida, como cuando nos vamos a un largo viaje y dejamos tras nosotros la
puerta de nuestro hogar cerrada con siete llaves, o cuando termina una gran obra
en el teatro, el público se va, las butacas y balcones yacen vacíos en silencio
hasta el próximo estreno, o cuando la esposa y sus hijos despiden con lágrimas de
esperanza al padre que parte a la guerra. Así la vida queda tras nosotros.
La vida es como una gran esposa, la compañera de toda la
vida, nos conoce al dedillo, es una sola carne e indisoluble con nosotros, pero
como todo camino tiene un destino, así esta compañera llega a su fin, por lo
demás, sólo queda, si es que hay tiempo para ello, hacer un hidalgo recuento de
los episodios más relevantes del corto recorrido de la vida y ponderar ¿Cómo ha
sido como compañera? Creo que al fin del camino no cabe deliberar si fue buena
o mala, sino que como toda esposa tiene virtudes y defectos y, aun así, ha llegado
conmigo hasta el fin del camino, de igual manera es innecesaria una
autocrítica, pues también tenemos virtudes y defectos asumidos, no sólo hemos disfrutado
de nuestra compañera, sino también le hemos sido ingrato y hasta mal agradecido.
La hemos sometido a excesos y hasta la hemos desaprovechado en algún período de
nuestro caminar conjunto. En definitiva, no debe haber cabida para reproches y
lamentaciones, la vida es el único camino del cual la marca de cada pisada no puede
ser borrada. Cada marca de nuestros pies ahí está, aciertos y desaciertos, como
restos arqueológicos, mudos testigos de innumerables civilizaciones que nos
enseñan la vida de quienes existieron antes que nosotros. Algo así como mis escritos,
muy pronto también rastros literarios enterrados en las arenas de la
generalidad homínida.
La vida es esa conciencia presente y permanente que es ya
cotidiana, la muerte no, ésta es como quien después de un largo viaje en tren
te despierta de golpe para comunicarte que ya llegamos a la ultima estación y
debes bajar, luego, una vez parado en el andén, eres tú quien despide a la vida
que sigue galopante su rumbo.
Reflexionar sobre la muerte es y será una señal vivida de
quienes están muy despiertos, de las voces pensantes, de los espíritus
excepcionales. No reflexionar en ella es como caminar encorvado, con mirada errática
y evasiva, voz contenida y escasez de vocabulario para expresar una idea, es
ser un discapacitado intelectual, un cobarde y necio.
La reflexión inteligente, permanente y anticipada sobre
la muerte es como cuando hacemos un recuento de que cosas llevaremos para tal o
cual viaje, que ropa y artículos incluiremos en nuestro equipaje, es como cuando
salimos de casa temprano y dejamos sobre la mesa a quienes aún duermen una nota
con indicaciones para el día, o al llegar la hora de abordar un avión, giras
para dar un abrazo de despedida a tus seres queridos. Pensar en la muerte es un
estar vivo y atento, es un estar completamente en el mundo. Entonces, ¿vale la
pena odiar? ¿abrigar rencor y resentimientos? ¿no son estos lastres en la vida?
¿no será mejor soltar esas amarras y seguir viviendo lo que resta? ¡ni canas ni
arrugas nos saldrían! Quizás esta es la cura contra la mortalidad natural del
alma.
Sin lugar a dudas pensar racionalmente en la muerte es
una invitada de piedra para nuestra conciencia, sin embargo, su recurrente compañía
debería redundar en fortaleza y madurez interior. No es bajo ningún concepto
una enemiga. Así como después de muchas horas sin dormir nuestros ojos
comienzan naturalmente a cerrarse pidiendo a gritos descanso, así la muerte
tras un determinado periodo de vida nos anuncia que debemos también cerrar los
ojos. Así como no podemos impedir que nos de sueño, pues por más que nos
resistamos terminaremos quedándonos dormidos en algún lugar, de igual manera la
muerte nos hará dormir en cualquier momento y lugar, todos llegaremos a la última
estación, y con pañuelo blanco en mano, despedir a nuestra compañera de
siempre, la vida.
