Por:
Profesor WALTHER G.
He llegado a la conclusión, que no existe animal más
detestable que el perro. No que lo sean en sí, sino que son vueltos detestables
por el proceder de sus bestiales, estúpidos y homínidos amos.
Nunca he sido un arrebatado amante de los animales, sin
embargo, los reconozco como creaturas nobles e inferiores, creadas por Dios
para admiración, alegría e incluso grata compañía. Todas las bestias sin razón,
criaturas sencillas e instintivas fueron creadas para existir en armonía entre
ellas y en relación con el hombre, sin embargo, desde la desafortunada caída
del primer Adán, todo ese orden y propósito fue alterado, toda conducta se vio
afectada, al punto que los seres humanos comenzaron a usar como alimento a
muchos de éstos seres vivos.
Todas las bestias fueron creadas originalmente para
nuestro servicio, en el más amplio y noble de los sentidos, no existen para ser
maltratados y menos para considerarlos parte de nuestra gastronomía. Hoy, toda
genuina sensibilidad se ha perdido y ha sido reemplazada por una falsa.
Vivimos en las vísperas del fin de todas las cosas ¿Cómo
lo sé? Por lo que veo a mi alrededor, una sociedad voluble, permeable y adoctrinable,
con espíritu de rebaño. Éstas últimas generaciones son las más poco razonables
que han pisado la tierra.
Siempre ha habido y habrá personas que piensan, hablan y
actúan irracionalmente, y sus conductas se rebajan al nivel de la animalidad,
en efecto, por el casi nulo uso de lo único que los diferencia de los animales,
llegan a imitar o superar la bestialidad natural de aquellos, es decir, seres
humanos no animales, pero animalizados.
También siempre ha habido personas malignas y egoístas,
siempre las habrá, en su maldad y crueldad echan mano de los más débiles en la
cadena de la creación animal, algunos violan sexualmente animales, otros los
explotan hasta la muerte, otros se los sirven en un plato y otros anormalmente
los elevan al nivel de seres humanos, los humanizan, esto creo yo, es la última
y máxima expresión de imbecilidad y abuso contra otro ser vivo. Pero quienes
están bajo el hechizo de la locura buenista disfrazada de sensibilidad humana o
en clave posmarxista se diría “conciencia social” no son más que ridículos que
creen poseer una superioridad moral, que no es más que carencia o limitación de
la objetiva y necesaria racionalidad que los priva de la genuina humanidad.
Éstos Australopithecus contemporáneos creen que, por pertenecer a una nueva
generación, la generación de las tecnologías, comprenden e interpretan con más
profundidad y amplitud los tiempos, su supuesta empatía, solidaridad y amor son
un triste engaño, sus ínfulas de superioridad descansan sobre la híper
emocionalidad sesgada; la histeria y ofuscación que exhiben frente a supuestas
injusticias y falta de conciencia de otros no son más que arrebatos propios de
desquiciados que les encanta vivir encapsulados, la realidad objetiva los
descompone, son débiles, miserables e idiotas, insisten en que el mundo debe
amoldarse a ellos.
Éstas pobres almas animalizadas por la idiotez buenista,
que no es más que la supresión voluntaria del correcto uso de la razón y la
constante actitud de evitar por todos los medios la verdad, los incapacita para
enfrentar éste mundo maldito y cruel. No son ni serán jamás un aporte
sustancial al pensamiento humano, sólo se limitarán a ser plumas arrastradas
por la brisa, gusanos de tierra, asnos encerrados en un establo, desechos que
terminan en las profundidades del mar.
Hay situaciones que, para mí, son objetivas y claras como
pensador y escritor, y es que a la hora de desplegar todas mis capacidades
intelectuales requiero de total tranquilidad, pues una mente como la mía,
adiestrada en ciertas y buenas letras, además de experiencias espirituales
excepcionales necesita de las condiciones óptimas para reflexionar por otros,
es decir, dedicarme a lo que la generalidad no se aplica. Y es en éste proceso
donde ciertos elementos conspiran para obstaculizar mi trabajo, entre ellos los
inoportunos perros. En efecto, me ha tocado la desgracia de vivir en ésta
última generación de híper sensibles y fanáticos, sí, me refiero a una de esas
nuevas enfermedades mentales que han surgido tan vertiginosamente entre los Australopithecus contemporáneos y que se
ha consolidado como pandemia socialmente normalizada, me refiero a esa cruel y
enferma expresión de abuso animal llamada animalismo, pues si antes esto era
digno de merecer unas buenas vacaciones en un psiquiátrico hoy son merecedores
de reconocimiento mediático especialmente por los más idiotas de la sociedad,
la juventud progre-woke.
Los adultos que hacen el ridículo pensando que deben ser
amigos de sus hijos y hasta se obsesionan por volver a ser jóvenes, son otros
idiotas que se han circuncidado mentalmente para estar acorde con los tiempos,
reniegan de tradiciones, valores y hasta del sentido común con tal de estar a
tono con los tiempos.
Descritas las cosas así, constato que vivo rodeado de
inadaptados, que por su idiotez adquirida (que se corresponde con los tiempos),
manifiestan su animalidad en un sinnúmero de detalles que van sumando hasta
volverse hegemónicos.
Es el caso de los abusadores y esclavistas de animales
que los crían encerrados en departamentos, o en casas sin los espacios
adecuados para que las bestias domesticas tengan una actividad física
saludable. Éstos humanos que actúan como animales sin razón calman su
conciencia egoísta sacándolos con una correa a la calle por treinta minutos.
Otro ejemplo típico de maltratador egoísta es quien quiere hacer realidad en su
vida el tener de mascota un perro de raza grande, pero que no cuenta con las
condiciones para tenerlo y mantenerlo, éste infeliz se da el gusto de todas
maneras y así somete a la bestia inocente como rehén de sus caprichos, éstos
son como los sodomitas, que para cumplir sus fetiches paternalistas adoptan
bebés para jugar a ser padres. Luego están los que mentalmente han pasado a
otro nivel de degradación cognitiva, los que entablan un dialogo con la
mascota, figurándose en su mente perdida que son humanos, esperando alguna
especie de comunicación “especial” y “única” entre bestia y humano, éstos
estúpidos literalmente consideran a la mascota como hijos o “parte de la
familia”; hay quienes someten a las bestias a toda una rutina propia de
humanos, llevándolos en coche, proporcionándoles las mismas comodidades que
goza una persona humana, cargándoles en brazos cual bebe humano, etc., lo
paradójico de esto es que toda una industria publicitaria y de prestación de
servicios alimenta ésta locura esquizoide. Éstas mentes trastocadas, supuestamente
amante de los animales, son desanimalizadores, rebajan al animal a la condición
de un simple juguete.
Día a día sufro por las consecuencias de ésta enfermedad
mental animalista, sobre todo quienes vivimos aun en ciudades, donde es
característico que las casas estén pegadas una a la otra y que es una forma
inhumana de vida. Hoy es moda, cada vez más casas y departamentos tienen secuestrado
y hacinado algún animal, hay bestias humanas que hasta crían lagartos, cabras,
monos en reducidos espacios. En este contexto, los perros especialmente me
resultan tediosos e insoportables, pues a toda hora están constantemente
ladrando, ladridos fuertes y cerca, otros lejos y constantes, en cada patio o
ante jardín de una casa el estrés y el encierro torturan a esos infelices
animales, y así por docenas alrededor de donde vivo. Son incontables las ideas
difuminadas, las palabras olvidadas por causa de algún martillador ladrido. La
concentración me resulta imposible ¿No deberían estos crueles carceleros de
perros razonar un poco? Y preguntarse: ¿habrán bebés o trabajadores intentando
conciliar el sueño, quizás enfermos que necesitan paz, excepcionalidades y
voces pensantes que leen o escriben? Dudo que tengan éstas consideraciones,
pues éste tipo de personas habituadas a los ladridos, chácharas, música a alto
volumen y todo tipo de ruidos domésticos no son ni aspiran a tener un espíritu
elevado.
Reconozco también que con ciertas excepciones es
necesario y beneficioso criar ciertos animales en cautiverio con los debidos y
responsables esfuerzos por darles la mejor existencia. Es el caso de personas
con limitaciones físicas, o en condiciones de terapia y rehabilitación. También
en el caso de personas solas, ancianos especialmente. También hay casos en que
la compañía de animales ha resultado en contención y refugio emocional. Estas
situaciones son absolutamente racionales, coherentes con la realidad y
necesidades humanas extremas.
Mis invectivas van dirigidas al fenómeno
absurdo, despiadado e hipócrita del animalismo, que es un hechizo bajo el cual
están sólo las mentes débiles, cada enfermo de animalismo se autopercibe como
alguien que ha tomado conciencia sobre la protección o “derechos de los
animales” y por ende se jacta de poseer cierta superioridad ante el resto,
cuando en realidad es un individuo que percibe la realidad en términos de
emociones, sensibilidades e instintos, es un confundido, negador de la realidad
objetiva, cobarde que rehúye la evidencia, un ensimismado en su pequeño mundo
egoísta de baja razonabilidad. Un idiota que ignora el orden y el propósito de
la creación. Un esclavo ciego.
Insto a todo humano pensante a no encerrar en sus hogares a ningún animal, especialmente perros, a no ser sea extremadamente necesario y útil. Amemos a los animales, pero no más allá de lo razonable.
