Por:
Dr. Walther Günther von Iquenhafen
Cada vez que veo el sol huyo de él, mientras más viejo
más lo aborrezco. No soporto verlo desde mi ventana, ¿es quizás el deseo íntimo
de no ser visto por el mundo que he llegado a evitar sus rayos estridentes? Cada
vez que estos intrusos penetran mi pieza lo lamento, procuro cerrar aún más las
ventanas, no soporto a quienes no he invitado y sin embargo insisten, y hasta
desafían mi privacidad. Pienso que no debería iluminar a quienes no quieren ser
iluminados, arbitrario e indiferente, ahí fue colgado sobre este planeta
miserable, con su lastre igualmente miserable de seres humanos.
Que decir de lo que han tenido bien llamar verano, ese
espantoso período de tiempo estacional que se debe soportar a costa de
quemaduras, sudor y pesadez atmosférica. ¿Estoy condenado a ser un peregrino
evitando el sol o, mejor dicho, un fugitivo del mismo? Lo peor es soportarlo en
compañía de otros, pues debes fingir resignación y adaptabilidad, pues bien, yo
no, yo no voy a actuar ni a sobre actuar, a mi edad pienso que las caretas son
una tortura innecesaria, tengo la entereza y la valentía para pensar, actuar y morir
solo. No le temo a la muerte, es lo que es, un descanso. ¡bendito descanso!
Es tal el aborrecimiento a los rayos y luz del sol, que
todas las escenas en mis sueños trascurren de noche, y hasta una vez me vi
sentado en una playa de noche con un quitasol instalado junto a mí, ni en
sueños quiero verlo. Lo aborrezco tanto como al mismo barullo humano, ladridos
de perros, conversaciones superfluas y vulgares.
La generalidad humana se adapta al sol, yo no. Prefiero
dar la batalla, prefiero resistir. El sol exige exposición, es enemigo de la
privacidad, es intruso y un observador omnisapiente del cual busco siempre librarme
¡sal de mi presencia!
¿Será que en realidad no quiero ver ni interactuar con
nadie? Que la luz del día invita a la distracción es un hecho. Cuando cada
mañana vuelvo de la inconciencia, y mis sentidos recuperan la normalidad,
comienza la gran batalla para no abrir mis ojos, no soporto nuevamente ver por
la ventana esos molestos rayos del sol que roban mi intimidad, mi paz y mis
pensamientos más fecundos, el sol no me deja pensar ni crear, ¡ahuyentan a
Faustina Dorothea!
Pienso en algunas décadas más, alguien por accidente
leerá estas palabras en mi ausencia. No tengo ninguna inútil esperanza que algún
familiar le interese lo que escribo, sin embargo, según he aprendido de la historia,
siempre hay mentes pensantes, intelectuales, y excepcionalidades, almas
brillantes y superiores que se interesan en las letras, esos espíritus cultos
que como pacientes arqueólogos buscan y buscan hasta dar con aquello que le da
sentido a su profesión. Solo espero que mis escritos sean descubiertos de noche,
donde junto con el hallazgo tengan también la tranquilidad que brinda la
ausencia de sol y de lo humano.
Para apreciar lo que escribo, se debe en algo haber
conocido el mundo, se debe haber leído lo suficiente como para aprender a
diferenciar entre lo sublime y lo estúpido, para penetrar en la mente sensible de
un pensador disruptivo, se debe haber tenido suficiente testimonio de la maldad
humana sin Dios. Creo probable que lo que ahora escribo morirá conmigo, pues
las almas excepcionales están en extinción, y solo ellas me gustaría me leyesen,
pues son las únicas que lograrían comprender en alguna medida satisfactoria mis
reflexiones.
Tarde desperté, pero no es tarde, si redoblo mis
esfuerzos en evitar el sol y favorecer mis pensamientos puede que aún esté a tiempo,
aunque sea para lanzar una última bocanada al mismo mundo que me distrajo y
engaño por décadas ¡mundo maldito! ¡no sabes cuánto quiero salir de tus sucias
entrañas! El mundo es como un intestino sucio y un recto erosionado.
El sol no me favorece, por el contrario, me obstaculiza
sobremanera, quisiese que nunca amaneciese tan solo para no verlo en el cielo.
Celebro extasiado cuando alguna nube o un eclipse lo cubre, que daría para que
ese instante fuese eterno.
Arbitrario astro rey, debo combatirlo día a día, me
incomoda, su sola presencia me irrita, sin embargo, lo resisto en mis
trincheras, he cavado muchas y de varias profundidades y extensiones. Éste cabezón
cubierto de lava ardiente ni sabe dónde me escondo de él a cada instante
mientras está calentando sobre las ciudades. He aprendido a camuflarme, a
evadir su omnipresencia y lo engaño haciéndole creer que ya no existo, no me
ve, pero yo si lo veo y se cuándo se retira y deja de reinar, es entonces
cuando a sus espaldas me burlo de él ¡oh rey prepotente!
Si pudiese descolgarlo lo haría sin pensarlo dos veces,
pero aún no es mi turno, llegará sin duda ese momento cuando cierre mis ojos
para no verlo jamás, entonces yo seré el omnipotente, pues habré logrado la
victoria absoluta sobre su molesta luz y sus rayos entrometidos, pues a la trinchera
donde voy él no podrá ir, ahí viviré libre, mis sueños sin sol serán una realidad
eterna.
