Por:
Profesor Walther G.
Básicamente, la disposición sectaria es la pertinaz resistencia a considerar la posible razonabilidad y veracidad de otro argumento o información. Es un bloqueo mental automático y defensivo, que es en definitiva miedo e inseguridad.
Miedo a darse por enterado de una verdad o realidad que podría en todo caso complicar la reputación, relaciones eclesiásticas y sociales, supondría poner a prueba la honestidad e integridad intelectual, moral, ética y religiosa, sugeriría un replanteamiento incómodo y fastidioso que interrumpiría inoportunamente el confort. Inseguridad por cuanto las propias convicciones evidencian grietas, vacíos, e incoherencias, todas éstas debilidades ignoradas por mucho tiempo. Como aquel antiguo edificio al cual durante años no se le ha realizado una evaluación estructural, hasta que, sometido a prueba por los embates de la naturaleza termina colapsando.
Nadie debería asumir la idea o actitud de que no hay más verdad por ser revelada de la palabra de Dios, nadie pierde nada por reconsiderar o someter a prueba sus propias convicciones, al contrario, la recompensa es inmensa y los beneficios son múltiples. No hacerlo es ignorar un consejo inspirado “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:21) Éste libre examen no es cualquiera, es uno que se ejecuta con la debida disposición, pues éste texto bíblico dice relación con el sincero buscador de la verdad.
Al someter nuestras convicciones a examen personal podemos llegar a confirmarlas, o si descubrimos en el edificio grietas o existencia de materiales de baja calidad, estamos informados para hacer las correcciones y cambios necesarios, en éste proceso el único bendecido será el mismo investigador y buscador de la verdad que a su vez bendecirá a otros con una verdad mejor definida. Otros descubrirán que el edificio está a punto de colapsar debido a la fatiga de materiales o por graves defectos en su construcción que hacen peligrar la vida de cientos de personas; al advertir estas falencias (unas graves otras leves) no solo evitamos seguir perseverando en curso de acción errado, sino que se nos abre la inmerecida oportunidad de madurar, crecer y elevarnos a alturas sapienciales insospechadas. “…seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:18,19)
¿Pero que son en realidad los cristianos sectarios?
Generalmente no son conscientes ni voluntariamente deshonestos o mentirosos, sino que son inconscientes y voluntariamente ignorantes, ciegos y sordos. Son como un caballo que nunca ha visto otras caballerizas o verdes valles, que desde que nació fue confinado al establo donde duerme, come y al día siguiente es sujetado a las riendas que tiran de una carreta y así hasta que muere.
El sectario no es necesariamente un fanático desalmado, violento y desquiciado, por el contrario, puede ser la más afable y socialmente sana de las personas, puede ser refinado en sus modales y ecuánime, pero fanático al fin, es decir, es otra expresión de fanatismo aún más peligrosa, pues resulta casi imperceptible y suele vestir un manto de honorabilidad.
El “fanatismo” es asociado generalmente a conductas irrazonables, exaltadas y delictivas, pero no es así. El fanático sectario exaltado y vulgar, es fácilmente identificable y hasta condenable pública e incluso jurídicamente. Pero, ¿y que de aquel sectario que es respetado y hasta amado en la comunidad que reside? ¿aquel sectario que goza de reputación y autoridad ética, moral y espiritual? ¿aquel sectario que nada en las tranquilas aguas de su congregación?
Permítaseme decir que éstos sectarios de la paz, de la conformidad y de la tozudez son una piedra de tropiezo para la iglesia de Jesucristo, son barricadas, escombros, murallas de Berlín, perros de hortelano, son obstáculos para ellos mismos y para los demás. Son enemigos del Espíritu Santo de Dios. Reducidos a su limitado y reducido mundillo, como miopes que viven en un agujero, similares a hormigas en sus hormigueros.
La excesiva razonabilidad los intimida, la profundidad y coherencia argumentativa los amedrenta, el don, ministerio y operación del Santo Espíritu es mirado con sospecha, ignorado y rechazado sino viene de su madriguera denominacional, ellos son los Moisés que poseen las tablas escritas con el dedo de Dios, como los judíos de antaño que se jactaban de ser guías de ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños “¿Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” (Ro. 2:21)
Los sectarios, cada cual defiende su miserable pedazo de terreno, viven a la defensiva, inseguros y llenos de pavor, no vaya a ser que un vecino les enseñe a sus cegatonas y esclavas ovejas que la luna es blanca, cuando ellos les han dicho que es roja. No sea que la más ignorada y pequeña ovejita del rebaño tenga mejor entendimiento de la biblia que ellos, eso supondría que su status espiritual o autoridad eclesiástica estaría en entredicho u apocada. Los sectarios son como pulpos, requieren de muchos brazos para hacerlo todo, si tienen que implantarse más miembros lo harán con tal de mantener el control del pensamiento y las acciones de sus analfabetas congregaciones condenadas a ver la luz del sol sólo cuando el jefe se lo permita y, con gafas oscuras eso sí.
Estos infelices sectarios, argumentan que son ellos quienes deben probar primero la comida antes de permitir que los demás se alimenten, así, si ellos la aprueban entonces los demás están autorizados para comer. El sectario, cual señor de la comarca, hace las veces de “control de calidad” o “aduana espiritual”, con éste estúpido ejercicio de autoridad despótica no hacen más que insultar a la iglesia de Cristo, considerándola un ato de retrasados e inútiles que no tienen la facultad de pensar individualmente, por ende, el sectario piensa y decide por todos auto percibiéndose como mártir, “que pone su vida por las ovejas”. El líder sectario es experto en ejercer coacción psicoemocional, aun con gestos, miradas o sermones.
Éstos miopes vegetan en sus laureles, son conformistas. No se les ocurre otra cosa que vivir mirando la potencial amenaza desde las murallas de su castillo. Su experiencia radica en escaramuzas de poca monta, sectarias e infructuosas. Piensan, si mi prójimo no se adhiere a mi credo pétreo, anulo mis sentidos para no oír, ver, gustar u oler. Y así, se les pasa la vida rechazando invitaciones al humilde razonamiento y discernimiento. ¿Razonan? Sí, pero sobre la tenebrosa plataforma del prejuicio, desconfianza y el sectarismo confesional, características bíblicas del hipócrita y asesino sectarismo judaico.
La poca disposición al diálogo o al aprendizaje es en realidad hipocresía, un autoengaño. La conciencia acusa la mediocridad y carencia que el sectario apacigua con acciones externas de tolerancia y apertura. Todo dialogo entre sectarios es mentiroso, las partes dialogan desde el principio aferrados como moluscos a sus preconceptos, cerrados como ostiones. Dialogo de sordos.
Como todo pusilánime siempre estará preparado para ponerse del lado más conveniente, menos engorroso y comprometedor, en este caso, el sectario no es más que un consciente y voluntario deshonesto.
“Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error” (1 Juan 4:6)
