Por:
Profesor WALTHER G.
El proceso de formación educativa implica disposición a aprender, pero también el valor de desaprender
En el corazón del verdadero proceso educativo no solo se encuentra la adquisición de conocimientos nuevos, sino también la capacidad crítica de revisar, cuestionar y, cuando es necesario, desaprender. Aprender y desaprender no son opuestos, sino dos dimensiones complementarias del crecimiento intelectual y personal. La disposición a aprender supone apertura, curiosidad y voluntad de incorporar lo nuevo. Sin embargo, esto solo se vuelve genuinamente transformador cuando se acompaña del valor —no siempre fácil ni cómodo— de desaprender.
Desaprender no es simplemente olvidar. Es un acto consciente de soltar las amarras de ciertas ideas, creencias, hábitos mentales o paradigmas que ya no son útiles, que se han vuelto obsoletos o que impiden el desarrollo de nuevas comprensiones. Muchas veces, lo más difícil de aprender algo nuevo no es el esfuerzo por incorporarlo, sino el desafío de desmantelar lo aprendido previamente, especialmente cuando está arraigado en lo emocional, en lo cultural o en lo identitario.
Educar, entonces, no es solo llenar mentes, sino también vaciar ciertos prejuicios. Es desmontar estructuras mentales rígidas para dar paso a formas más flexibles y dinámicas de pensamiento. El valor de desaprender implica humildad: reconocer que podemos haber estado equivocados, que nuestras certezas pueden estar limitadas o que existen perspectivas más amplias o más humanas que las nuestras.
En un mundo en constante cambio, donde el conocimiento se renueva velozmente y las realidades se transforman con rapidez, educarse requiere también el coraje de soltar, revisar y reconstruir. Por eso, formar no es solo instruir: es acompañar procesos de transformación donde aprender y desaprender son dos caras de una misma experiencia liberadora.
Aprender y desaprender en el horizonte de la Teología Vera
Desde la perspectiva de la Teología Vera, tal como la concibe el profesor Walther Günther, el proceso educativo —y particularmente la formación teológica— no puede reducirse a la mera acumulación de contenidos dogmáticos o al reforzamiento de certezas tradicionales. En cambio, se trata de una experiencia existencial de transformación radical, donde el sujeto se abre a una comprensión más profunda del ser, de Dios y de sí mismo. En ese sentido, la disposición a aprender se convierte en un acto de apertura ontológica, mientras que el valor de desaprender se vuelve una forma necesaria de purificación y reestructuración del pensamiento. Un reordenar, reformar y reeducar.
Günther insiste en que la fe auténtica no es estática ni cerrada, sino una búsqueda constante, una tensión espiritual que se resiste al conformismo doctrinal y a los sistemas eclesiales cerrados y totalitarios. Así, desaprender se vuelve un gesto libertario y teológico profundo: no solo se desaprende lo erróneo, sino también lo inútil, lo que ya no produce santidad, no tiene sentido ni fundamento hermenéutico sólido. Desaprender es, en este marco, despojarse del "espectro del analfabetismo cristiano" para acceder al esplendor ontológico de la revelación, como él mismo diría.
La Teología Vera, en su propuesta metacristiana, no teme cuestionar las formas envejecidas del cristianismo institucionalizado, ni los moldes heredados de costumbres y tradiciones que han reducido la experiencia del Misterio a fórmulas vacías, ineficaces y retóricas. Aprender, entonces, es abrirse al diálogo existencial con la verdad que se revela en el proceso de aprendizaje relacional entre profesor y alumno; desaprender, en cambio, es el acto crítico de desarticular las estructuras de terca idolatría teológica que impiden ese acceso.
En esta clave, la educación teológica se convierte en un proceso de inflexión ontológica: un giro del alma hacia lo real, que solo es posible cuando el sujeto tiene el coraje de desaprender lo que ha sido normado como sagrado, pero que ya no tiene raíz ni sentido. Aprender y desaprender son, en este contexto, dos gestos espirituales que abren al ser humano a la posibilidad de una fe más libre, más honda, más verdadera.
Así, la Teología Vera no forma creyentes "en serie", sino metacreyentes despiertos, capaces de habitar el pensamiento crítico y la experiencia espiritual como caminos de mutua iluminación. Desaprender se convierte, por tanto, en un acto de fe y valentía: fe en que hay más verdad por descubrir que dogmas por repetir, valentía porque cada asombro alimenta la convicción y seguridad individual que nos sostendrán para enfrentar las tinieblas del cristianismo inercial y analfabeto.
Definición general del proceso de aprender y desaprender:
“El proceso de aprender y desaprender es una dinámica formativa integral mediante la cual el sujeto se abre a nuevos conocimientos, experiencias y sentidos (aprender), al mismo tiempo que revisa críticamente, cuestiona y renuncia a saberes, creencias o estructuras mentales obsoletas o limitantes (desaprender). Este proceso no solo implica una operación cognitiva, sino una transformación ontológica, donde el aprender es apertura del ser a la revelación hermenéutica y el desaprender es liberación del prejuicio o del hábito que oscurece la verdad. En este movimiento dialéctico, el ser humano se educa en la libertad, en la conciencia crítica y en la capacidad de reconfigurar su comprensión del mundo, de sí mismo y del Misterio.”

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