Por:
Dr.
Walther Günther
Reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera
que se manifieste (Agnoscere, accipere et sustinere veritatem
ubicumque manifestatur): una reflexión teológico-filosófica del Dr. Walther G.
El compromiso con la verdad representa uno de los
fundamentos más profundos y exigentes del pensamiento teológico y filosófico.
Reconocer, aceptar y apoyar la verdad allí donde se manifieste es un principio
que interpela no solo al intelecto, sino también a la conciencia moral y
espiritual todo Ser humano racional no animalizado. Este principio no puede
reducirse a un mero ideal abstracto o a un enunciado decorativo dentro del
discurso académico; más bien, se trata de una actitud vital, una orientación
existencial que debe modelar el modo en que nos situamos ante el mundo, el
conocimiento y la alteridad.
El acto de reconocer la verdad donde quiera que se
manifieste requiere una sensibilidad espiritual y epistemológica capaz de
identificar su presencia incluso en formas inesperadas, en contextos distintos
a los propios, o en voces ajenas a nuestras afinidades inmediatas. Es un
ejercicio de discernimiento profundo, que demanda humildad intelectual y
capacidad autocrítica.
Aceptar la verdad implica más que un mero asentimiento
mental; requiere un movimiento interior, un giro del Ser. La verdad transforma
a quien la acoge. No se trata simplemente de incorporar nuevos datos o
contenidos, sino de dejarse interpelar por una presencia que revela, que
desinstala, que cuestiona estructuras consolidadas y obliga a revisar las
propias certezas. En este sentido, aceptar la verdad es una forma de
obediencia, como un acto de rendición libre de apertura a lo que es más grande
que uno mismo.
Apoyar la verdad allí donde se manifieste es un
imperativo ético- teológico. No basta con reconocerla en lo íntimo o aceptarla
de manera privada; es necesario también sostenerla públicamente, defenderla
cuando es silenciada, promoverla cuando es marginada, incluso si ello conlleva
el costo del conflicto o la incomodidad. El compromiso con la verdad exige
valentía, porque muchas veces su manifestación entra en tensión con intereses
establecidos, estructuras de poder o consensos ideológicos y teológicos. La
fidelidad a la verdad puede conducir al aislamiento, al rechazo o al
cuestionamiento, pero es el único camino coherente con una vida fundada en la
integridad del pensamiento y la honestidad espiritual.
Este principio —reconocer, aceptar y apoyar la verdad sin
importar su procedencia— conlleva también una profunda consecuencia teológica:
nos recuerda que el Espíritu de la Verdad sopla desde, donde y hacia donde
quiere, que la gracia y la sabiduría pueden irrumpir más allá de nuestros
límites confesionales, y que Dios no está limitado por nuestras construcciones
conceptuales y denominacionales. Por ello, asumir esta actitud no debilita la
fe, sino que la purifica y la expande; no relativiza la verdad inspirada, sino
que le devuelve su carácter absoluto, no como imposición autoritaria, sino como
presencia luminosa que interpela a todo ser humano racional y creyente en lo
profundo de su Ser.
La tarea del pensamiento teológico (pensar la teología)
en nuestro tiempo, por tanto, debe consistir en cultivar esta “disposición de
apertura teológica”, en sostener una fidelidad crítica a las sanas tradiciones
sin cerrarse a las nuevas manifestaciones de lo verdadero y más preciso, en
articular una inteligencia espiritual que no tenga miedo del diálogo ni del
cuestionamiento. Solo así será posible una theología vera fecunda, que no
repita fórmulas vacías, sino que acompañe con lucidez y hondura el camino
siempre inacabado de la búsqueda de la verdad.
Reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera que se
manifieste implica, entonces, una “disposición de humildad teológica”. A
menudo, el reconocimiento de la verdad exige abandonar los prejuicios, los
discursos cómodos, las fidelidades ciegas a tradiciones que, aunque nos hayan
formado, pueden volverse estériles o falsas. La fidelidad a la verdad debe
prevalecer sobre la fidelidad a nuestras estructuras identitarias.
No se trata de tener la verdad en propiedad, sino de
caminar hacia ella, de buscarla humildemente, de dejarse transformar por ella
donde quiera que se revele: en la ciencia, en la poesía, en el clamor del
oprimido, en una intuición religiosa o incluso en la crítica que incomoda. La
verdad revelada en las Sagradas escrituras nos indica que es progresiva, se
“perfecciona” más y más en la conciencia del estudiante atento y perseverante,
pero ojo, buscar la verdad con autenticidad puede conducirnos fuera del
consenso o la seguridad del grupo, pero es el precio de una vida genuina. El
giro del Ser, necesariamente nos separará del “rebaño inercial".
Reconocer,
aceptar y apoyar la verdad donde quiera que se manifieste: una reflexión desde
la Theología Vera
La afirmación fundamental "debemos reconocer,
aceptar y apoyar la verdad donde quiera que ésta se manifieste" cobra un
valor singular cuando se la interpreta desde las propuestas de la theología vera, que he propuesto en
diversos escritos, insisto en la necesidad de una comprensión de la evidencia
teológica despojada de encierros dogmáticos, institucionalismos paralizantes o
absolutismos confesionales. La theología
vera no se define por su sujeción a sistemas eclesiásticos cerrados y
conformistas, sino por su fidelidad al giro del ser producido por el asombro de
reconocer la verdad, la cual es más preciosa y valiosa que todo, de la santa,
inspirada y única verdad, allí donde esta irrumpe con autenticidad y potencia
existencial.
Desde esta perspectiva (theología vera), la verdad no es
un objeto estático ni una fórmula doctrinal que se transmite mecánicamente,
sino una presencia activa, una interpelación ontológica que acontece en el
sujeto y lo convoca al encuentro. La theología
vera, en este sentido, no se reduce a una exposición sistemática de dogmas,
sino que se orienta al discernimiento profundo de la verdad y su sentido, que
puede emerger incluso fuera de los márgenes tradicionales y acostumbrados.
Este principio se articula con una de las categorías
fundamentales de mi pensamiento: la inflexión ontológica (giro del ser), es
decir, el momento en que el ser humano experimenta una torsión interior que lo
orienta hacia lo real y nítido, más allá de las superficies religiosas. Esta
inflexión no se produce por la imposición externa de una verdad
institucionalizada, sino por la irrupción desde el exterior, de una verdad que
transfigura la conciencia. En este sentido, reconocer la verdad implica un giro
del Ser, una transformación profunda del horizonte existencial.
A su vez, insisto en la crítica al cristianismo inercial como estructura religiosa que vacía la verdad
de su carácter trascendente y la somete a los dispositivos ideológicos del
poder, la utilidad o el consenso superficial. Desde esta crítica, aceptar la
verdad se convierte también en un acto de resistencia contra las lógicas
sectarias que pretenden domesticar el sentido común, el criterio personal y
hasta el mismo discernimiento. La theología
vera se alza, entonces, como una expresión de guerra espiritual, de defensa
del carácter imprevisible, libre y radical de la verdad, una verdad que no
puede ser negociada ni diluida en el discurso ecuménico contemporáneo, lo
políticamente correcto o religiosamente alcahuete.
Apoyar la verdad donde quiera que se manifieste, en este
marco, se convierte en una “vocación teológica, ética y profética”. El sujeto
creyente, desde la perspectiva de la theología
vera, no puede permanecer neutral frente a la manifestación de lo
verdadero, aunque esta se exprese desde lenguajes distintos, incluso desde
cosmovisiones no cristianas. Porque la verdad no es monopolio de una estructura
religiosa, sino resplandor del Ser en su máxima intensidad manifestada en la
vida y obra del metacreyente.
El estudiante de la verdad debe desarrollar una actitud
de apertura discerniente, capaz de reconocer esa verdad en el otro, en el
diferente, incluso en el adversario. El discernimiento es imperioso en el giro
del Ser, es la verdad analizada la que amplía la mirada y otorga claridad, y al
mismo tiempo que reconocemos lo verdadero- con la guía del Espíritu- también
descubrimos la mentira, pues todo lo que no está en armonía con la verdad
general de la revelación, pertenece al error.
De ahí que la
theología vera invite a una racionalidad y espiritualidad del encuentro con
la verdad, una disposición interior que no teme el conflicto ni la incomodidad,
porque su horizonte no es la confirmación identitaria, sino el redescubrimiento
de la verdad y su exposición fiel. La verdad no es cómoda, no es domesticable,
no es programable; es presencia que desarma, que abofetea, que asombra. En esta
experiencia progresiva, el proceso teológico ya no es repetición doctrinal
mecánica, ya no es un recitar el libreto, sino una humilde y sabia disposición
de hospitalidad ante lo verdadero, nace en lucero ético del asombro y del coraje,
poco a poco la Eterna Deidad va conformando su batallón de héroes para el
tiempo del fin.
La heroicidad exige por parte del metacreyente
convertirse involuntariamente en un factor divisivo, lo cual gatilla en una
posible implosión del absolutismo cristiano institucional o la inevitable fuga
apocalíptica del héroe desde el cristianismo
inercial hacia la experiencia postcristiana. Y esto producto de una reconfiguración
personal de la “acción teológica” como búsqueda viva, como movimiento constante
hacia el giro del Ser. La theología vera
es en este sentido, siempre una disposición teológica en tensión, en vigilia,
en apertura. No se aferra a las formas muertas del discurso religioso, sino que
busca el fuego que arde en el fondo de lo real.
La fidelidad a la verdad, como lo he planteado en mis
alusiones radicales al sistema cristiano inercial, no puede ser una fidelidad
abstracta ni institucionalmente manipulable. Es, ante todo, un dejarse
interpelar por la manifestación viva de lo verdadero desde la revelación de las
sagradas escrituras. En este sentido, reconocer, aceptar y apoyar la verdad
donde quiera que se manifieste es el núcleo mismo de la theología vera: una teología no domesticada, no funcional, no
encerrada en el recinto del cristianismo
inercial, sino siempre disponible a la luz que irrumpe desde el misterio de
la piedad, incluso cuando esa luz no provenga del lugar que esperamos.
Aprender
y desaprender desde la hermenéutica bíblica: Eje central de la Theologia Vera
En el horizonte teológico, que es hacia donde siempre
dirige la mirada el metacreyente, el
proceso de aprender y desaprender inherente a la theología vera no puede desligarse de una referencia axial: la
verdad revelada en las Sagradas escrituras. Este proceso formativo, cuando se
sitúa en el campo de la fe, debe realizarse desde una hermenéutica bíblica, es
decir, desde una lectura interpretativa histórica, crítica y gramatical de la
Palabra revelada ajena al cuestionamiento de la inspiración y autoridad de la
misma.
Aprender, en este contexto, no significa solo adquirir
conocimientos teológicos o bíblicos, sino leer el mundo, la historia y a uno
mismo a la luz de la Escritura. Y desaprender, a su vez, se convierte en un
acto necesario cuando se trata de desmontar interpretaciones distorsionadas,
doctrinas impuestas, tradiciones humanas o construcciones ideológicas que han
empañado el sentido original del mensaje divino.
La Biblia, en tanto Palabra viva y revelada, no es un
simple texto a memorizar, sino un parámetro hermenéutico que nos permite
discernir la verdad allí donde esta se manifieste. La Escritura se convierte
así en una fuente y criterio de juicio espiritual, frente al cual todo
conocimiento, práctica o enseñanza debe ser confrontado. Como decía el apóstol
Pablo: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes 5:21; 1 Jn 4:1).
Esto implica que el creyente, el teólogo y todo aquel que
se forma en la fe, debe ser capaz de aprender lo nuevo con apertura, pero
también desaprender con valentía todo lo que no está en armonía con el espíritu
de la Palabra. Este discernimiento requiere una actitud de humildad y una
hermenéutica viva, capaz de escuchar al Espíritu en el texto y en la realidad.
En este sentido, la verdad bíblica no es una cárcel
conceptual, sino una luz interpretativa (las escrituras se explican a sí
mismas): no se trata de encerrar la verdad en fórmulas y credos, sino de usar
la Escritura como horizonte que ilumina el sentido de nuestra existencia, nos
hace sensibles al lenguaje de Dios actuando en la historia, y nos capacita para
reconocer la verdad allí donde se manifieste: en la vida, en el prójimo, en la
creación, en el dolor, en el silencio, incluso en lo aparentemente profano.
Por tanto, el proceso de aprender y desaprender, desde la
theología vera, se convierte en una
tarea hermenéutica permanente, que exige fidelidad a la Palabra y apertura a la
irresistible voz del Espíritu susurrando a nuestra conciencia. Solo así se
evita tanto el ciego estancamiento sectario denominacional como el difuso
relativismo postmoderno, y se camina hacia una fe lúcida, viviente y en
permanente reforma. “Ecclesia
reformata semper reformanda est secundum verbum Dei”

No hay comentarios.:
Publicar un comentario