viernes, 22 de mayo de 2026

LA SANA DOCTRINA Y SUS ENEMIGOS

 




Por.

Dr. Walther Günther von Iquenhafen


Introducción

Como pensador del fenómeno religioso, especialmente del cristianismo, me ha llamado la atención desde hace varios años que cierto segmento marginal, sectario y analfabeto del cristianismo evangélico se atribuya enfermizamente la posesión de algo que ellos llaman “la sana doctrina”, se auto perciben como “iglesias o predicadores de sana doctrina” y manifiestan un desdén grosero y hasta matonesco con quien no pertenezca a su círculo inmaculado de poderosos iluminados llenos de fuego y sabiduría cósmica. Manosean degeneradamente la frase “sana doctrina” haciendo de ella una muletilla o etiqueta con la cual buscan atribuirse una especie de exclusividad religiosa, se apropian de la expresión intentando generar un monopolio espiritual excluyente a la usanza de las más ortodoxas sectas farisaicas de los tiempos bíblicos. En efecto, tiendo a deducir que el obsesivo uso y abuso de la frase “sana doctrina” cumple un propósito propagandístico de manipulación psico-emocional de masas típico de sectas destructivas. Hay una deliberada intención de mantener el control de las personas inyectándoles una fuerte dosis de inseguridad y miedo, algo así como “aquí estas seguro, afuera están los malos”; “aquí está la sana doctrina, los demás están todos contaminados con el error”.

Por una parte, se insiste en una prepotente auto recomendación y al mismo tiempo se desacredita constantemente al resto alimentando prejuicios e incluso llegando si es necesario a la difamación, recurriendo a etiquetas, sobrenombres o a humillantes insultos, así mantienen a sus adeptos conflictuados, paranoicos y cautivos. Ósea, para estas sectas la sana doctrina equivale a “lo que aquí se enseña y como se enseña” sin ninguna posibilidad de cuestionamiento, sólo se tolera el sometimiento ciego y mudo a la infalible ex catedra de los psicópatas que lideran. Digo psicópatas pues hablan y actúan como tales, se observa en ciertos líderes una desfachatez y sinverguenzura digna del mejor actor de reparto, son actores en el sentido que pueden interpretar distintos personajes de un momento a otro, en ocasiones son los cristianos más sensibles y gentiles que jamás hayamos visto sobre la faz de la tierra, pero cuando tocas algún área que afecte sus intereses sectarios o personales, cuando ven amenazado su reino, su autoridad o ego, sufren descompensaciones emocionales, su verdadera personalidad y naturaleza salvaje se manifiesta desaforadamente sin límites ni medidas, su mente se nubla, colapsan psicológicamente, y su perturbación da paso a la crueldad más baja y sádica, pasan diametralmente de aparentar cristianismo a revelar toda la impiedad que los consume realmente.

El Psicópata cristiano que colapsa y es superado por su naturaleza caída, experimenta cognitivamente una supresión radical de la realidad, sentido común, la lógica, criterio, la vergüenza, el pudor, empatía, la ética, la moral y por ende el temor Dios. Pueden imaginar entonces la cantidad de iglesias lideradas por verdaderos perturbados.

Todo esto confirma mis observaciones sobre la existencia de un proceso contemporáneo de descomposición cristiana que va en rápido crecimiento, una condición degradada, mediocre y sucedánea de cristianismo, una consiente y espantosa conformidad al analfabetismo teológico y una impactante tendencia hacia la criminalidad espiritual con visos de cruzar incluso los límites legales (Mr. 13:12; Mt. 24:12)

 

Algo de razonamiento

Como profesor obviamente considero que lo primero que debería ser objeto de análisis es la ultrajada expresión “sana doctrina” ¿Qué entendemos por algo sano? Y ¿Qué es doctrina? Según el diccionario de la real academia española, algo sano vendría del latín sanus, algo o alguien que goza de buena salud, es robusto, vital, saludable, fuerte, etc. También lo relaciona con algo libre de error o vicio, recto, saludable moral o psicológicamente. Principios sanos. Doctrina sana, etc.

De igual manera, y según el mismo diccionario la palabra doctrina viene del latín doctrīna, que hace referencia a enseñanza que se da para instrucción de alguien o también, conjunto de ideas u opiniones religiosas, filosóficas, políticas, etc., sustentadas por una persona o grupo.

¿Y si aplicamos estas definiciones a la teología, y más específicamente al texto bíblico? ¿la biblia nos habla de sana doctrina? Y si se menciona la “sana doctrina” ¿a qué se refiere?

Con la ayuda de una concordancia podríamos encontrar fácilmente tres versículos donde textualmente aparece la frase “sana doctrina”, y estos son: 1 Timoteo 1:10; 2 Timoteo 4:3 y Tito 2:1.

a)     Primer texto en cuestión: “…para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina,” (1Ti. 1:10)

En el versículo 2 de 1 Timoteo 1, Pablo llama a Timoteo “verdadero”, es decir, legítimo o sincero. Pablo destaca que mediante su ministerio Timoteo se había convertido y se había preparado para ser ministro del Evangelio, o que Timoteo era especialmente notable por su genuina consagración a la causa de Cristo y personalmente a Pablo. Y añade a “verdadero”, “hijo en la fe”, es decir, del correcto sistema de creencias, ósea “del que os hemos anunciado (Gá. 1:8) o como tajantemente señala en su carta a los efesios “…edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, " (Ef. 2:20)

En el versículo 3 y 4 Pablo hace valer su autoridad apostólica para que las iglesias jóvenes no sufrieran debido a algunos que menospreciaban su apostolado “…Como te rogué que te quedases en Efeso, cuando fui a Macedonia, para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora.” El apóstol advierte a Timoteo sobre el peligro de que algunos enseñen “diferente doctrina”, es decir algo diferente a la “sana doctrina” ¿Cuál sana doctrina? ¡La que está fundamentada sobre los apóstoles y profetas! Bien sentenciaba el profeta Isaías cuando dijo: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” (Is.8:20) cuando el versículo 4 señala “edificación de Dios” quiere decir, formar en la fe como Dios quiere.

Algo digno de destacar es que algunos versículos nos brindan descripciones claras de lo que estaría relacionado con la “diferente doctrina” además incluyen preceptos morales, “fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación” (v.4); “vana palabrería” (v.5); “queriendo ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (v.7); “los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros” (v.9 y 10) y lapida estas menciones con “y para cuanto se oponga a la sana doctrinay el versículo 11 según el glorioso evangelio del Dios bendito, que a mí me ha sido encomendado”.

Apropósito de mi reciente doctorado en teología, me llama la atención el versículo 7 “queriendo ser doctores de la ley”, algunas versiones bíblicas como la versión Reina-Valera 1995 o la versión de Jerusalén traducen “pretenden ser doctores de la Ley”, aquí, la alusión es directa a los maestros judíos (Lc. 5:17; Jn. 3:10; Ro. 2: 17-22) Cabe recordar que una de las acepciones de la palabra “doctor” es “el que enseña públicamente”, y que esta palabra está relacionada con la palabra "doctrina", que significa "enseñanza". Deriva del latín doctor, “el que enseña”, “maestro”. Los “doctores de la ley” son, en los Evangelios, generalmente llamados “escribas”. Esos maestros se ocupaban especialmente de la exposición de las leyes escritas y orales de la nación, y de la aplicación de esas leyes a la vida. La mayoría de ellos eran fariseos, porque éstos eran los que se interesaban especialmente en los detalles de la ley.

Cristo reprochó la incapacidad de los escribas y maestros para comprender el significado de la ley. Opiniones personales y verdades asimiladas a medias son las mercaderías que ofrecen los inmaduros y supuestos maestros, sectarios y llenos de prejuicios. Las palabras de un maestro tienen profunda influencia, y cuando sus palabras se pronuncian sin discriminación ni la debida comprensión, sólo pueden confundir.

El resto del versículo 7 dice: “sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman”, pero es mucho más elocuente como lo expresa la versión de Jerusalén “sin entender lo que dicen ni lo que tan rotundamente afirman”. A esto lo he llamado “analfabetismo teológico”.

b)     Segundo texto en cuestión: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,” (2 Ti. 4:3)

Para comprender este texto es necesario al igual que hice con el anterior, contextualizar y analizar los textos precedentes y si es necesario los siguientes.

Pablo exhorta a Timoteo a cumplir su deber con todo cuidado y diligencia. El versículo 2 es extraordinario, pues el consejo directo es a predicar: “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina".  Predicar proviene del latín praedicāre, que significa proclamar o anunciar algo públicamente. Su aplicación principal abarca desde la proclamación de la doctrina religiosa hasta la promoción de valores morales y la coherencia entre lo que se dice y se hace. La fuente de donde debe fundamentarse Timoteo para exhortar y enseñar es la palabra (2 Ti. 3:16).

Es decir, “la palabra de Dios” (cap. 2: 9), “la palabra de verdad” (cap. 2: 15). El método de Cristo de comunicar la verdad constituye el modelo para cada cristiano. Él se concentraba en la revelación de la verdad, y se negaba a malgastar su tiempo discutiendo falsas teorías o refutando a los que las proponían. Jesús destacaba los deberes prácticos relacionados con las experiencias diarias de sus oyentes. Anhelaba que los seres humanos fueran fortalecidos para cumplir los deberes cotidianos. Por lo tanto, no predicaba doctrinas caprichosas o suposiciones sensacionales con el propósito de complacer la curiosidad o de cimentar su prestigio personal ante la turba voluble. De la misma manera, los ministros no deben incluir tradiciones y opiniones humanas en sus sermones, pues sólo la Palabra es eficaz para hacer frente a las necesidades de seres humanos debilitados por el pecado. Los relatos agradables que sólo atraen la atención y mueven a risa, son incompatibles con la solemne responsabilidad de un ministro que profesa representar a Cristo.

La frase “prediques la palabra” tácitamente sugiere el propósito de ayudar a hombres y mujeres a hacer frente a las tentaciones y a resolver los problemas de la vida cotidiana. Esta orden elimina toda la liviandad, todas las interpretaciones caprichosas basadas en exégesis inexactas y todos los temas baladíes. El Espíritu Santo cooperará con los esfuerzos del maestro o predicador únicamente cuando comunica la verdad. El maestro, como heraldo de Dios, sólo debe predicar la Palabra; de lo contrario es un impostor.

Cuando los maestros cumplen su misión como eslabones vivientes entre la infinita suficiencia de Dios y las necesidades de los hombres, sus mensajes consisten únicamente en el Pan de Vida puro (Juan 6: 51, 63). Sus sermones o clases de teología serán de tal naturaleza que sus oyentes no sólo queden complacidos con la presentación, sino también constreñidos a recordar los principios de verdad que han sido presentados. La Palabra genuina fomentará nuevos hábitos y creará nuevas inspiraciones y esperanzas.

Al instar a Timoteo a exhortar con “toda…doctrina” quiere decir con toda “enseñanza sana” que proviene de las mismas escrituras, que constituye el fundamento y la trama de toda genuina experiencia cristiana. Las doctrinas constituyen los hechos en cuanto a Dios y su voluntad. Son las únicas armas del ministro o profesor contra el error, su único manual para saber o probar lo que es correcto o no (1 Jn. 4:1) La verdad, la doctrina verdadera, la doctrina correcta y sin vicios que yace en la misma biblia es lo único que da vigor y vitalidad al cristiano. Las falsas enseñanzas engendran enemistad y debilidad en el alma.

El versículo 3 dice, “vendrá tiempo”, el apóstol pensaba sin duda en la gran apostasía que pronto se desarrollaría en la iglesia, y que continuaría amenazándola hasta el segundo advenimiento de Cristo (Mat. 24: 23-27; Hech. 20: 28-31; 2 Tes. 2: 1- 12; 1 Tim. 4: 1-3, 2 Tim. 3: 1-5). La expresión “sufrirán”, hace referencia a “no escucharan voluntariamente” o como dicen otras versiones bíblicas “no soportarán”. Y nuevamente nuestra frase “sana doctrina”, la verdad es lo único que da vigor y vitalidad al cristiano. Las falsas enseñanzas engendran enemistad y debilidad en el alma, ósea no estar en la “sana doctrina” es creer y practicar mal la sana doctrina y la raíz se encuentra en una MALA COMPRENSIÓN de la sana doctrina que es lisa y llanamente la palabra de Dios mal comprendida. Las falsas enseñanzas derivan de no entender rectamente la sana doctrina.

Todos estamos en posesión de la sana doctrina, pero no todos son guiados por el Espíritu de verdad para conocer la verdad, no todos tienen la misma capacidad cognitiva, no todos tienen las herramientas hermenéuticas para analizar la sana doctrina. En definitiva, la sana doctrina contenida en la biblia es víctima de factores externos a ella. Por eso cuando alguien afirma que “somos de sana doctrina” desde cierto punto de vista es verdad, si un grupo de creyentes hace esa afirmación es verdad en tanto y en cuanto son poseedores de la biblia, pero sería una arrogancia y necedad atribuirse la posesión exclusiva de la sana doctrina, ya que en la práctica todo cristiano en posesión de una biblia tiene en ella la sana doctrina o como dice el apóstol Pablo “habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados” (Ro. 6:17) De hecho, este texto y otros en realidad van más allá de la simple posesión material o intelectual de la sana doctrina, el creyente y por extensión la iglesia es poseedora legitima y genuina de la sana doctrina en tanto se la asimila en la vida diaria, la sana doctrina se la posee verdaderamente en tanto la iglesia es su reflejo.

Cuando volvamos a escuchar a alguien afirmar que “somos iglesias de sana doctrina” o “predicadores de sana doctrina”, debemos responder: depende. Quienes se arrogan la posesión exclusiva de la sana doctrina sólo evidencian sus profundas tinieblas espirituales, analfabetismo teológico y una peligrosa propensión al fanatismo sectario de la peor clase. Estas tres condiciones son las principales señales de que se está en la condición laodicense de “un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Ap. 3:17) y se arriesgan a ser vomitados por Jesús (Ap. 3:16).

El creyente laodicense es en esencia un corrupto, mentiroso y esclavo del vicio. Ser desobediente a la sana doctrina, es no estar en ella. La sana doctrina no es una verdad encarnada en el ser del creyente, sino solamente un objeto de ostentación. El laodicense es un lector y oyente superficial de la sana doctrina, debido a sus concupiscencias pervertidas, sienten “comezón de oír” interpretaciones caprichosas de las Escrituras para satisfacer su curiosidad y deseos personales. Sólo tienen interés en aquellos pasajes de las Escrituras que pueden interpretar como una promesa de paz y seguridad para ellos; pero descuidan las exigentes demandas de la sana doctrina que penetran profundamente en el alma humana. Sienten deseo de religión, pero sólo hasta donde no disturbe la rutina de sus vidas pervertidas.

El versículo 4 declara: “y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. Los que no soportan la sana doctrina eligen voluntariamente su propio destino. No se fuerza la voluntad de ningún hombre; nadie se pierde porque Dios decrete su condenación. Pablo está describiendo a los que se resisten a aceptar la Biblia como su única autoridad y norma para la enseñanza religiosa y la conducta personal. La sana doctrina no alaba al hombre, al contrario, le muestra su condición miserable y le revela su suerte ignominiosa a menos que intervenga la gracia de Dios. La “verdad” o “sana doctrina”, revela la naturaleza de Dios y su remedio para el pecado. Un reajuste de la vida, una orientación completamente nueva de sus intereses y metas, en armonía con la verdad, constituye la única respuesta aceptable del hombre frente a la sana doctrina.

Aun cuando hagan uso de la Biblia, los cristianos infieles elaboran sus propias teorías doctrinales de acuerdo con sus deseos personales. Quizá usen términos bíblicos para expresar sus pensamientos, pero las ideas que presentan están saturadas con el error. Los textos bíblicos desconectados de su significado original y de su contexto, pueden resultar tan inseguros para orientar al hombre como las palabras humanas. En definitiva, se puede alardear de pertenecer a la sana doctrina y ser en realidad un enemigo de ella, aún con la biblia debajo del brazo y escupiendo fuego (Ap. 3:15)

c)     Tercer texto en cuestión: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina (Tit. 2:1)

En ésta breve carta, Pablo le da instrucciones a Tito para su doctrina y su vida, sobre los deberes de los siervos, y en general de todos los cristianos. Esto es explícitamente contundente, el texto dice “LO QUE ESTÁ DE ACUERDO”, Tito debe habla o enseñar sólo lo que este en armonía, en concordancia y se ajuste a la Palabra de Dios, que es, la sana doctrina. Esto es un llamado de atención a Tito y a todo aquel que por todas las generaciones lean esto, siempre la iglesia será acosada o víctima de falsos maestros, profetas y anticristos, ellos no hablan de acuerdo a la sana doctrina, es decir, la poseen, pero con su boca y su vida la pervierten. Como bien afirmo Pablo en su carta a los Gálatas “un evangelio diferente…No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo” (Gá. 1:6,7) los falsos profetas, apóstoles, maestros y predicadores usan la sana doctrina para hacerle decir algo distinto a lo que ella contiene, expresan a las multitudes una suficiente cantidad de verdad, pero junto a ella introducen razonamientos, conclusiones y sentencias que se corresponden más bien con sus propios intereses económicos o de manipulación emocional, caprichos personales y prejuicios religiosos.

 

Conclusión

Las reflexiones precedentes permiten concluir que la expresión “sana doctrina” ha sido frecuentemente reducida, dentro de ciertos círculos religiosos, a una consigna sectaria de auto legitimación espiritual, desligándola de su verdadero fundamento bíblico y transformándola en un instrumento de exclusión, manipulación y control. En vez de representar humildad ante la verdad revelada, muchos la utilizan como un distintivo elitista para desacreditar, condenar o someter a quienes no comparten sus estructuras ideológicas o interpretativas.

El análisis bíblico demuestra que la sana doctrina no consiste en la apropiación exclusiva de un sistema religioso, ni en una supuesta superioridad espiritual, sino en la fidelidad integral a la Palabra de Dios, correctamente comprendida y vivida. La verdadera doctrina sana no sólo debe ser enseñada, sino también reflejada en la conducta, el carácter y la vida práctica del creyente. Cuando la enseñanza bíblica es utilizada para alimentar el orgullo, el fanatismo o el dominio psicológico sobre otros, deja de cumplir su propósito redentor y se convierte en un mecanismo de perversión espiritual.

En este contexto, emerge con fuerza el fenómeno del analfabetismo teológico, entendido como la incapacidad de interpretar rectamente las Escrituras (carencia hermenéutica), aun cuando se posea abundante lenguaje religioso o aparente conocimiento doctrinal. Dicho analfabetismo produce creyentes vulnerables a interpretaciones caprichosas, líderes autoritarios y movimientos sectarios que reemplazan la verdad bíblica por opiniones personales, emociones descontroladas y discursos manipuladores. La ignorancia teológica, lejos de ser un problema meramente académico, termina generando profundas deformaciones espirituales y morales.

Asimismo, mi análisis pone en evidencia una preocupante tendencia hacia la criminalidad espiritual, manifestada en prácticas de intimidación, difamación, abuso de autoridad y manipulación emocional dentro de ciertos ambientes religiosos. Cuando la fe es utilizada para esclavizar conciencias, destruir psicológicamente a las personas o consolidar reinos personales, se cruza peligrosamente la línea entre el error doctrinal y la corrupción espiritual. La sana doctrina jamás puede separarse del amor, la verdad, la humildad y la integridad cristiana.

 Finalmente, dejo establecido que la actitud sectaria constituye una de las mayores amenazas para la autenticidad del cristianismo contemporáneo. Allí donde existe arrogancia doctrinal, exclusivismo religioso y desprecio hacia otros creyentes, difícilmente puede hallarse el espíritu de Cristo. La verdadera iglesia no se caracteriza por proclamarse dueña absoluta de la verdad, sino por someterse continuamente a la autoridad de las Escrituras, al discernimiento del Espíritu Santo y a una vida transformada conforme al Evangelio.





sábado, 9 de mayo de 2026

ANALFABETISMO TEOLÓGICO CONTEMPORANEO


Por:

Dr. Walther Günther von Iquenhafen



UNA APROXIMACIÓN HISTÓRICA Y HERMENÉUTICA

 

A propósito de un bochornoso incidente que sufrí en una de mis clases telemáticas, donde un alumno sufrió una grave y patética descompensación emocional, al no racionalizar la información, abrigar injuriosos y difamadores prejuicios contra mi persona y labor, perdió toda compostura ignorando que la clase estaba siendo grabada, que con su ira deshonraba el cargo eclesiástico que ostentaba y que le estaba faltando gravemente el respeto a su profesor y a los demás estudiantes, olvido su calidad de alumno e ignoro mi lugar en la cátedra.

En dicha clase, en el contexto de la apocalíptica bíblica y explayándome en lo relacionado con Babilonia, es que hago alusión a una realidad fáctica que afecta notoriamente al mundo cristiano en general, especialmente al segmento pentecostal de la iglesia. Dicha realidad religiosa la describí con el concepto de “analfabetismo teológico” y similares, esta frase fue la que provocó la impía, inmadura y analfabeta ira de ésta pobre alma.

La expresión “analfabeto teológico” o “analfabetismo teológico” constituye una categoría crítica profundamente relevante dentro del pensamiento religioso contemporáneo. No se refiere simplemente a una o varias personas que desconocen doctrinas eclesiásticas o conceptos dogmáticos básicos, sino más radicalmente a un segmento importante de creyentes incapaces de comprender históricamente, interpretar hermenéuticamente y discernir críticamente el fenómeno teológico en su complejidad. En este sentido, el analfabetismo teológico no es solamente ausencia de información religiosa, sino una incapacidad estructural para leer, interpretar y dialogar con el universo de sentido contenido en las Escrituras, la tradición y la experiencia histórica de la fe.

En la actualidad, resulta paradójico observar que, en una era saturada de información religiosa, predicaciones digitales, conferencias, seminarios y literatura cristiana masiva, el nivel de comprensión teológica profunda parece disminuir progresivamente. Existe abundancia de discursos religiosos, pero escasez de pensamiento teológico serio. Mucha religiosidad, pero poca reflexión crítica. Mucha emocionalidad espiritual, pero poca capacidad hermenéutica. Este fenómeno configura el escenario ideal para el surgimiento del analfabeto o analfabetismo teológico contemporáneo.

Desde una perspectiva histórica, el problema no es nuevo. Durante siglos, grandes sectores del cristianismo vivieron bajo condiciones de dependencia interpretativa. En la Edad Media, por ejemplo, el acceso a las Escrituras estaba restringido al clero y a ciertos sectores académicos. El creyente común dependía completamente de la interpretación sacerdotal. La Biblia permanecía en latín mientras el pueblo hablaba lenguas vernáculas. En consecuencia, el conocimiento bíblico no surgía de una lectura personal, sino de una mediación institucional. En muchos sentidos, el pueblo creyente era mantenido en una condición de analfabetismo teológico funcional.

La Reforma Protestante representó precisamente una reacción contra esa dependencia interpretativa. Figuras como Martin Lutero defendieron el principio de la libre lectura de las Escrituras y la centralidad de la Palabra de Dios como patrimonio accesible para todos los creyentes. La traducción de la Biblia a lenguas populares no fue solamente un acto lingüístico, sino profundamente revolucionario. Significó devolverle al individuo la posibilidad de pensar teológicamente por sí mismo. La alfabetización bíblica se transformó entonces en una dimensión esencial de la libertad espiritual.

Sin embargo, el problema reaparece en formas nuevas dentro del mundo contemporáneo. Hoy el analfabeto teológico ya no es necesariamente quien no posee acceso a la Biblia, sino quien carece de herramientas históricas y hermenéuticas para interpretarla responsablemente. Es decir, puede leer el texto, pero no comprenderlo. Puede citar versículos, pero desconoce su contexto histórico. Puede memorizar doctrinas, pero ignora sus procesos de formación. Puede repetir conceptos religiosos, pero sin conciencia crítica respecto de su origen, desarrollo y significado.

Aquí emerge una distinción fundamental entre información religiosa y comprensión teológica. La primera consiste en acumular datos doctrinales; la segunda implica desarrollar la capacidad de interpretar críticamente el fenómeno de la fe. El analfabeto teológico suele confundir repetición con conocimiento. Cree que citar equivale a comprender. Sin embargo, la verdadera teología exige reflexión, contextualización y discernimiento.

Desde el punto de vista hermenéutico, el problema adquiere una dimensión aún más profunda. La hermenéutica no es solamente el arte de interpretar textos, sino la conciencia de que toda lectura ocurre dentro de un horizonte histórico y existencial determinado. Ningún lector es neutral. Toda interpretación está mediada por cultura, lenguaje, tradición, experiencia y contexto social. El analfabeto teológico desconoce precisamente esta complejidad interpretativa. Lee el texto bíblico como si descendiera directamente del cielo hacia su contexto moderno, ignorando los siglos de distancia cultural, lingüística e histórica que separan el mundo bíblico del presente.

Por esta razón, el analfabetismo hermenéutico produce frecuentemente interpretaciones simplistas, fundamentalistas o descontextualizadas. Se absolutizan frases aisladas ignorando el género literario, el contexto histórico, la intención del autor y la situación original del receptor. El resultado es una lectura fragmentaria de las Escrituras que termina transformando la Biblia en un instrumento ideológico antes que en una revelación viva y profunda.

Un ejemplo evidente de este fenómeno puede observarse en ciertos movimientos religiosos contemporáneos donde la emoción sustituye al pensamiento y la experiencia subjetiva reemplaza el estudio serio de las Escrituras. Allí la teología es percibida como innecesaria o incluso peligrosa. Se sospecha del pensamiento crítico porque podría cuestionar estructuras de poder religioso. El creyente es reducido entonces a consumidor espiritual pasivo. Se le enseña qué pensar, pero no cómo pensar. Este escenario favorece inevitablemente la producción de analfabetos teológicos funcionales.

El problema posee además consecuencias sociales y culturales importantes. Un creyente sin formación histórica ni hermenéutica puede transformarse fácilmente en víctima de manipulación religiosa. La ignorancia teológica crea dependencia psicológica y vulnerabilidad doctrinal. Sin herramientas críticas, el individuo queda sometido al carisma del líder, al discurso emocional o a interpretaciones arbitrarias. La ausencia de pensamiento teológico maduro favorece fanatismos, sectarismos y extremismos religiosos.

En contraste, una alfabetización teológica auténtica no busca simplemente producir especialistas académicos, sino creyentes conscientes, críticos y espiritualmente maduros. La verdadera formación teológica desarrolla discernimiento. Enseña a interpretar responsablemente las Escrituras, comprender la historia de la fe y dialogar críticamente con la cultura contemporánea. La teología, en este sentido, no debe entenderse como acumulación de doctrinas abstractas, sino como ejercicio permanente de comprensión existencial de la verdad.

Resulta particularmente importante comprender que la historia del cristianismo es también una historia de interpretaciones. Desde los Padres de la Iglesia hasta la Reforma, desde los concilios ecuménicos hasta la teología contemporánea, el pensamiento cristiano ha evolucionado constantemente mediante procesos hermenéuticos. Ignorar esta dimensión histórica conduce inevitablemente a formas ingenuas de literalismo religioso. El analfabeto teológico suele creer que su interpretación es “la única bíblica”, desconociendo siglos de debate exegético y reflexión doctrinal. El analfabeto teológico termina esclavizado por una disposición sectaria que destruye el discernimiento espiritual, el analfabeto teológico es en definitiva un cristiano carenciado, limitado y obtuso.

Además, el fenómeno del analfabetismo teológico no afecta exclusivamente al mundo eclesial. También alcanza el ámbito cultural contemporáneo. Muchas sociedades modernas conocen superficialmente símbolos religiosos, pero desconocen profundamente el contenido histórico y filosófico del cristianismo. Esto genera una relación fragmentaria con la tradición espiritual occidental. Se conservan formas externas de religiosidad, pero vaciadas de profundidad intelectual y existencial.

Desde una perspectiva filosófica, podría afirmarse que el analfabeto teológico representa una crisis de comprensión del sentido. La teología no trata únicamente sobre doctrinas religiosas; aborda preguntas fundamentales sobre existencia, verdad, sufrimiento, trascendencia, esperanza y condición humana. Cuando estas preguntas desaparecen o son reducidas a fórmulas sectarias simplistas, la fe corre el riesgo de transformarse en mero consumo emocional o espectáculo religioso.

Por ello, la alfabetización teológica constituye una necesidad urgente en el mundo contemporáneo. Implica recuperar el valor del estudio, la reflexión y la interpretación responsable. Significa comprender que la fe auténtica no teme al pensamiento crítico, sino que se fortalece mediante él. La historia demuestra que los grandes períodos de renovación espiritual estuvieron acompañados por profundos movimientos de reflexión teológica y recuperación hermenéutica.

En consecuencia, combatir el analfabetismo teológico no significa promover elitismo intelectual o soberbia teológica, sino precisamente democratizar el acceso al pensamiento crítico y a la comprensión profunda de las Escrituras. Un creyente alfabetizado teológicamente no es aquel que simplemente acumula conocimientos doctrinales, sino quien ha desarrollado la capacidad de discernir históricamente, interpretar responsablemente y reflexionar críticamente sobre la fe.

Finalmente, el verdadero desafío contemporáneo no consiste solamente en enseñar religión, sino en formar conciencia hermenéutica. La teología debe volver a convertirse en un espacio de búsqueda sincera de la verdad y no únicamente en repetición mecánica de discursos heredados. El analfabeto teológico no es simplemente quien ignora conceptos religiosos, sino quien ha perdido la capacidad de pensar profundamente la fe, la historia y la existencia humana. Allí radica la gravedad de este fenómeno y también la urgencia de su superación.

Salir del analfabetismo teológico implica la disposición de aprender y desaprender, honestidad intelectual y sincera búsqueda y reconocimiento de la verdad.

Como docente, estoy comprometido con el avivamiento y reforma teológica para éste tiempo del fin, aunque uno o mil sectarios descompensados hagan sus puestas en escena.



 

domingo, 8 de febrero de 2026

DISPOSICIÓN SECTARIA




Por:

Dr. Walther Günther von Iquenhafen


Básicamente, la disposición sectaria es la pertinaz resistencia a considerar la posible razonabilidad y veracidad de otro argumento o información. Es un bloqueo mental automático y defensivo, que es en definitiva miedo e inseguridad.

Miedo a darse por enterado de una verdad o realidad que podría en todo caso complicar la reputación, relaciones eclesiásticas y sociales, supondría poner a prueba la honestidad e integridad intelectual, moral, ética y religiosa, sugeriría un replanteamiento incómodo y fastidioso que interrumpiría inoportunamente el confort. Inseguridad por cuanto las propias convicciones evidencian grietas, vacíos, e incoherencias, todas éstas debilidades ignoradas por mucho tiempo. Como aquel antiguo edificio al cual durante años no se le ha realizado una evaluación estructural, hasta que, sometido a prueba por los embates de la naturaleza termina colapsando.

Nadie debería asumir la idea o actitud de que no hay más verdad por ser revelada de la palabra de Dios, nadie pierde nada por reconsiderar o someter a prueba sus propias convicciones, al contrario, la recompensa es inmensa y los beneficios son múltiples. No hacerlo es ignorar un consejo inspirado “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:21) Éste libre examen no es cualquiera, es uno que se ejecuta con la debida disposición, pues éste texto bíblico dice relación con el sincero buscador de la verdad.

Al someter nuestras convicciones a examen personal podemos llegar a confirmarlas, o si descubrimos en el edificio grietas o existencia de materiales de baja calidad, estamos informados para hacer las correcciones y cambios necesarios, en éste proceso el único bendecido será el mismo investigador y buscador de la verdad que a su vez bendecirá a otros con una verdad mejor definida. Otros descubrirán que el edificio está a punto de colapsar debido a la fatiga de materiales o por graves defectos en su construcción que hacen peligrar la vida de cientos de personas; al advertir estas falencias (unas graves otras leves) no solo evitamos seguir perseverando en curso de acción errado, sino que se nos abre la inmerecida oportunidad de madurar, crecer y elevarnos a alturas sapienciales insospechadas. “…seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:18,19)

¿Pero que son en realidad los cristianos sectarios?

Generalmente no son conscientes ni voluntariamente deshonestos o mentirosos, sino que son inconscientes y voluntariamente ignorantes, ciegos y sordos. Son como un caballo que nunca ha visto otras caballerizas o verdes valles, que desde que nació fue confinado al establo donde duerme, come y al día siguiente es sujetado a las riendas que tiran de una carreta y así hasta que muere.

El sectario no es necesariamente un fanático desalmado, violento y desquiciado, por el contrario, puede ser la más afable y socialmente sana de las personas, puede ser refinado en sus modales y ecuánime, pero fanático al fin, es decir, es otra expresión de fanatismo aún más peligrosa, pues resulta casi imperceptible y suele vestir un manto de honorabilidad.

El “fanatismo” es asociado generalmente a conductas irrazonables, exaltadas y delictivas, pero no es así. El fanático sectario exaltado y vulgar, es fácilmente identificable y hasta condenable pública e incluso jurídicamente. Pero, ¿y que de aquel sectario que es respetado y hasta amado en la comunidad que reside? ¿aquel sectario que goza de reputación y autoridad ética, moral y espiritual? ¿aquel sectario que nada en las tranquilas aguas de su congregación?

Permítaseme decir que éstos sectarios de la paz, de la conformidad y de la tozudez son una piedra de tropiezo para la iglesia de Jesucristo, son barricadas, escombros, murallas de Berlín, perros de hortelano, son obstáculos para ellos mismos y para los demás. Son enemigos del Espíritu Santo de Dios. Reducidos a su limitado y reducido mundillo, como miopes que viven en un agujero, similares a hormigas en sus hormigueros.

La excesiva razonabilidad los intimida, la profundidad y coherencia argumentativa los amedrenta, el don, ministerio y operación del Santo Espíritu es mirado con sospecha, ignorado y rechazado sino viene de su madriguera denominacional, ellos son los Moisés que poseen las tablas escritas con el dedo de Dios, como los judíos de antaño que se jactaban de ser guías de ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños “¿Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” (Ro. 2:21)

Los sectarios, cada cual defiende su miserable pedazo de terreno, viven a la defensiva, inseguros y llenos de pavor, no vaya a ser que un vecino les enseñe a sus cegatonas y esclavas ovejas que la luna es blanca, cuando ellos les han dicho que es roja. No sea que la más ignorada y pequeña ovejita del rebaño tenga mejor entendimiento de la biblia que ellos, eso supondría que su status espiritual o autoridad eclesiástica estaría en entredicho u apocada. Los sectarios son como pulpos, requieren de muchos brazos para hacerlo todo, si tienen que implantarse más miembros lo harán con tal de mantener el control del pensamiento y las acciones de sus analfabetas congregaciones condenadas a ver la luz del sol sólo cuando el jefe se lo permita y, con gafas oscuras eso sí.

Estos infelices sectarios, argumentan que son ellos quienes deben probar primero la comida antes de permitir que los demás se alimenten, así, si ellos la aprueban entonces los demás están autorizados para comer. El sectario, cual señor de la comarca, hace las veces de “control de calidad” o “aduana espiritual”, con éste estúpido ejercicio de autoridad despótica no hacen más que insultar a la iglesia de Cristo, considerándola un ato de retrasados e inútiles que no tienen la facultad de pensar individualmente, por ende, el sectario piensa y decide por todos auto percibiéndose como mártir, “que pone su vida por las ovejas”. El líder sectario es experto en ejercer coacción psicoemocional, aun con gestos, miradas o sermones.

Éstos miopes vegetan en sus laureles, son conformistas. No se les ocurre otra cosa que vivir mirando la potencial amenaza desde las murallas de su castillo. Su experiencia radica en escaramuzas de poca monta, sectarias e infructuosas. Piensan, si mi prójimo no se adhiere a mi credo pétreo, anulo mis sentidos para no oír, ver, gustar u oler. Y así, se les pasa la vida rechazando invitaciones al humilde razonamiento y discernimiento. ¿Razonan? Sí, pero sobre la tenebrosa plataforma del prejuicio, desconfianza y el sectarismo confesional, características bíblicas del hipócrita y asesino sectarismo judaico.

La poca disposición al diálogo o al aprendizaje es en realidad hipocresía, un autoengaño. La conciencia acusa la mediocridad y carencia que el sectario apacigua con acciones externas de tolerancia y apertura. Todo dialogo entre sectarios es mentiroso, las partes dialogan desde el principio aferrados como moluscos a sus preconceptos, cerrados como ostiones. Dialogo de sordos.

Como todo pusilánime siempre estará preparado para ponerse del lado más conveniente, menos engorroso y comprometedor, en este caso, el sectario no es más que un consciente y voluntario deshonesto.

“Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error” (1 Juan 4:6)




jueves, 15 de enero de 2026

MALTRATADOS Y MALTRATADORES

 





Por:

Profesor WALTHER G.


He llegado a la conclusión, que no existe animal más detestable que el perro. No que lo sean en sí, sino que son vueltos detestables por el proceder de sus bestiales, estúpidos y homínidos amos.

Nunca he sido un arrebatado amante de los animales, sin embargo, los reconozco como creaturas nobles e inferiores, creadas por Dios para admiración, alegría e incluso grata compañía. Todas las bestias sin razón, criaturas sencillas e instintivas fueron creadas para existir en armonía entre ellas y en relación con el hombre, sin embargo, desde la desafortunada caída del primer Adán, todo ese orden y propósito fue alterado, toda conducta se vio afectada, al punto que los seres humanos comenzaron a usar como alimento a muchos de éstos seres vivos.

Todas las bestias fueron creadas originalmente para nuestro servicio, en el más amplio y noble de los sentidos, no existen para ser maltratados y menos para considerarlos parte de nuestra gastronomía. Hoy, toda genuina sensibilidad se ha perdido y ha sido reemplazada por una falsa.

Vivimos en las vísperas del fin de todas las cosas ¿Cómo lo sé? Por lo que veo a mi alrededor, una sociedad voluble, permeable y adoctrinable, con espíritu de rebaño. Éstas últimas generaciones son las más poco razonables que han pisado la tierra.

Siempre ha habido y habrá personas que piensan, hablan y actúan irracionalmente, y sus conductas se rebajan al nivel de la animalidad, en efecto, por el casi nulo uso de lo único que los diferencia de los animales, llegan a imitar o superar la bestialidad natural de aquellos, es decir, seres humanos no animales, pero animalizados.

También siempre ha habido personas malignas y egoístas, siempre las habrá, en su maldad y crueldad echan mano de los más débiles en la cadena de la creación animal, algunos violan sexualmente animales, otros los explotan hasta la muerte, otros se los sirven en un plato y otros anormalmente los elevan al nivel de seres humanos, los humanizan, esto creo yo, es la última y máxima expresión de imbecilidad y abuso contra otro ser vivo. Pero quienes están bajo el hechizo de la locura buenista disfrazada de sensibilidad humana o en clave posmarxista se diría “conciencia social” no son más que ridículos que creen poseer una superioridad moral, que no es más que carencia o limitación de la objetiva y necesaria racionalidad que los priva de la genuina humanidad. Éstos Australopithecus contemporáneos creen que, por pertenecer a una nueva generación, la generación de las tecnologías, comprenden e interpretan con más profundidad y amplitud los tiempos, su supuesta empatía, solidaridad y amor son un triste engaño, sus ínfulas de superioridad descansan sobre la híper emocionalidad sesgada; la histeria y ofuscación que exhiben frente a supuestas injusticias y falta de conciencia de otros no son más que arrebatos propios de desquiciados que les encanta vivir encapsulados, la realidad objetiva los descompone, son débiles, miserables e idiotas, insisten en que el mundo debe amoldarse a ellos.

Éstas pobres almas animalizadas por la idiotez buenista, que no es más que la supresión voluntaria del correcto uso de la razón y la constante actitud de evitar por todos los medios la verdad, los incapacita para enfrentar éste mundo maldito y cruel. No son ni serán jamás un aporte sustancial al pensamiento humano, sólo se limitarán a ser plumas arrastradas por la brisa, gusanos de tierra, asnos encerrados en un establo, desechos que terminan en las profundidades del mar.

Hay situaciones que, para mí, son objetivas y claras como pensador y escritor, y es que a la hora de desplegar todas mis capacidades intelectuales requiero de total tranquilidad, pues una mente como la mía, adiestrada en ciertas y buenas letras, además de experiencias espirituales excepcionales necesita de las condiciones óptimas para reflexionar por otros, es decir, dedicarme a lo que la generalidad no se aplica. Y es en éste proceso donde ciertos elementos conspiran para obstaculizar mi trabajo, entre ellos los inoportunos perros. En efecto, me ha tocado la desgracia de vivir en ésta última generación de híper sensibles y fanáticos, sí, me refiero a una de esas nuevas enfermedades mentales que han surgido tan vertiginosamente entre los Australopithecus contemporáneos y que se ha consolidado como pandemia socialmente normalizada, me refiero a esa cruel y enferma expresión de abuso animal llamada animalismo, pues si antes esto era digno de merecer unas buenas vacaciones en un psiquiátrico hoy son merecedores de reconocimiento mediático especialmente por los más idiotas de la sociedad, la juventud progre-woke.

Los adultos que hacen el ridículo pensando que deben ser amigos de sus hijos y hasta se obsesionan por volver a ser jóvenes, son otros idiotas que se han circuncidado mentalmente para estar acorde con los tiempos, reniegan de tradiciones, valores y hasta del sentido común con tal de estar a tono con los tiempos.

Descritas las cosas así, constato que vivo rodeado de inadaptados, que por su idiotez adquirida (que se corresponde con los tiempos), manifiestan su animalidad en un sinnúmero de detalles que van sumando hasta volverse hegemónicos.

Es el caso de los abusadores y esclavistas de animales que los crían encerrados en departamentos, o en casas sin los espacios adecuados para que las bestias domesticas tengan una actividad física saludable. Éstos humanos que actúan como animales sin razón calman su conciencia egoísta sacándolos con una correa a la calle por treinta minutos. Otro ejemplo típico de maltratador egoísta es quien quiere hacer realidad en su vida el tener de mascota un perro de raza grande, pero que no cuenta con las condiciones para tenerlo y mantenerlo, éste infeliz se da el gusto de todas maneras y así somete a la bestia inocente como rehén de sus caprichos, éstos son como los sodomitas, que para cumplir sus fetiches paternalistas adoptan bebés para jugar a ser padres. Luego están los que mentalmente han pasado a otro nivel de degradación cognitiva, los que entablan un dialogo con la mascota, figurándose en su mente perdida que son humanos, esperando alguna especie de comunicación “especial” y “única” entre bestia y humano, éstos estúpidos literalmente consideran a la mascota como hijos o “parte de la familia”; hay quienes someten a las bestias a toda una rutina propia de humanos, llevándolos en coche, proporcionándoles las mismas comodidades que goza una persona humana, cargándoles en brazos cual bebe humano, etc., lo paradójico de esto es que toda una industria publicitaria y de prestación de servicios alimenta ésta locura esquizoide. Éstas mentes trastocadas, supuestamente amante de los animales, son desanimalizadores, rebajan al animal a la condición de un simple juguete.

Día a día sufro por las consecuencias de ésta enfermedad mental animalista, sobre todo quienes vivimos aun en ciudades, donde es característico que las casas estén pegadas una a la otra y que es una forma inhumana de vida. Hoy es moda, cada vez más casas y departamentos tienen secuestrado y hacinado algún animal, hay bestias humanas que hasta crían lagartos, cabras, monos en reducidos espacios. En este contexto, los perros especialmente me resultan tediosos e insoportables, pues a toda hora están constantemente ladrando, ladridos fuertes y cerca, otros lejos y constantes, en cada patio o ante jardín de una casa el estrés y el encierro torturan a esos infelices animales, y así por docenas alrededor de donde vivo. Son incontables las ideas difuminadas, las palabras olvidadas por causa de algún martillador ladrido. La concentración me resulta imposible ¿No deberían estos crueles carceleros de perros razonar un poco? Y preguntarse: ¿habrán bebés o trabajadores intentando conciliar el sueño, quizás enfermos que necesitan paz, excepcionalidades y voces pensantes que leen o escriben? Dudo que tengan éstas consideraciones, pues éste tipo de personas habituadas a los ladridos, chácharas, música a alto volumen y todo tipo de ruidos domésticos no son ni aspiran a tener un espíritu elevado. Éstos homínidos no se terminan de enterar que el daño que sus locuras provocan se hacen extensivas a otros congéneres

Reconozco también que con ciertas excepciones es necesario y beneficioso criar ciertos animales en cautiverio con los debidos y responsables esfuerzos por darles la mejor existencia. Es el caso de personas con limitaciones físicas, o en condiciones de terapia y rehabilitación. También en el caso de personas solas, ancianos especialmente. También hay casos en que la compañía de animales ha resultado en contención y refugio emocional. Estas situaciones son absolutamente racionales, coherentes con la realidad y necesidades humanas extremas.

Mis invectivas van dirigidas al fenómeno absurdo, despiadado e hipócrita del animalismo, que es un hechizo bajo el cual están sólo las mentes débiles, cada enfermo de animalismo se autopercibe como alguien que ha tomado conciencia sobre la protección o “derechos de los animales” y por ende se jacta de poseer cierta superioridad ante el resto, cuando en realidad es un individuo que percibe la realidad en términos de emociones, sensibilidades e instintos, es un confundido, negador de la realidad objetiva, cobarde que rehúye la evidencia, un ensimismado en su pequeño mundo egoísta de baja razonabilidad. Un idiota que ignora el orden y el propósito de la creación. Un esclavo ciego.

Insto a todo humano pensante a no encerrar en sus hogares a ningún animal, especialmente perros, a no ser sea extremadamente necesario y útil. Amemos a los animales, pero no más allá de lo razonable.





jueves, 8 de enero de 2026

CONFINADO EN ESTE MUNDO

 



Por:

Profesor Walther G.


Hasta ahora he conocido sólo un mundo, he llegado a existir en éste mundo, no conozco otros. Creo que hay más mundos ¿Por qué no nací en otro mundo no caído y bendito? Sin embargo, puedo decir con convicción y experiencia y sin haber conocido los otros mundos, que éste mundo es el más repugnante de todos, no puede haber otro peor, no lo puedo concebir. Y lo más inquietante es que no me puedo fugar de él, pues, aunque me subiese a una nave espacial y ascendiese hasta llegar a la Luna, Marte o quizás Plutón, no tengo ninguna posibilidad de vivir y sobrevivir allí. O sea, estoy absolutamente confinado a ésta tierra que ha sido nuevamente desordenada, vaciada y viciada.

Todo es efímero, temporal, circunstancial, cada vez menos individuos y sus hechos son verdaderos. Lo ilógico e irracional se disfraza de contemporaneidad y se vuelve cotidianidad, eso me induce a mirar, oír y hacer todo a la defensiva, con suspicacia y hasta coaccionado psicosocialmente. Existir así es un tedio.

Una mezcla de hipocresía y egoísmo son los ingredientes mínimos para una aceptable vida social en este mundo ¿Quiénes están dispuestos a seguir ese ritmo de vida? La mayoría, por cierto, pero esa mayoría, esa homínida generalidad se rinde a esta vorágine manipuladora y esclavizadora que hipnotiza hasta el punto de aceptar la maldición como la normalidad, y hasta algunos con astigmatismo neuronal dicen: “la vida es bella, el mundo es hermoso”, eso sólo podría decirlo un enamorado que nada en las nubes de su voluptuosidad o un miope ensimismado que también es una especie de enamorado pero que sólo tiene ojos para mirar su propio ombligo.

Quien no ha vivido y visto lo suficiente, quien no ha leído o escrito lo suficiente, quien no ha llorado y soportado lo suficiente de seguro su lugar está en la humana generalidad, y a éste grupo que no se puede ni contar, pertenecen primeramente los adolescentes y muchísimos adultos, casi todos ellos unos homínidos, son los Australopithecus contemporáneos quienes se excitan con éste mundo, viven en conformidad bajo los lineamientos que la maldición les ofrece, ellos la justifican y santifican, es más, ellos la azuzan y vitalizan con su complicidad, la maldición los mata, los enferma, los engaña, los sodomiza mental y físicamente y sin embargo siguen repitiendo como los loros amaestrados “la vida es tan linda”, no ven otro mundo mejor que no sea este abismo llamado planeta tierra.

Mientras deambule por este mundo no dejaré de observar y asombrarme. Mi radio de acción es limitado, como dije antes, no puedo salir de este mundo, por ende, debo sortear obstáculos, resistir la opresión y armarme de valor para existir como héroe-mártir-excepcional y no como la humana generalidad pretende amoldarme, me resisto a permanecer en este estercolero terrenal fingiendo que “no todo es malo” reafirmo que sí, todo está bajo maldición.

En realidad, el autor de estas palabras es mi conciencia hastiada, pero no rendida. Como todo héroe debo enfrentarme con fuerzas infinitamente más poderosas y numerosas, sin embargo, la debilidad de estas fuerzas radica en la mentalidad de rebaño, la confianza en lo inmanente y el desprecio por lo trascendente, por el contrario, mi fortaleza radica en la individualidad empática e inmanente y la invencible esperanza en lo trascendente.

He nacido en este mundo, sin embargo, lo aborrezco, lo desprecio y lo combatiré con parresía y excepcionalidad redentiva. Excepcionalidad innata y adquirida desde lo alto, he aquí la esencia de mi individualidad indómita que es al fin y al cabo una actitud distintiva frente al mundo, actitud que guía y conforta o también intimida y quema.

Sé que conoceré otros mundos, me reencontrare y bailaré con almas luminosas que amé. De la mano de ellas entraré a Orión, la recorreremos por la eternidad sin fin hasta sus mayores profundidades, la luminosidad y sus dimensiones nos dejaran extasiados. Volveré a tocar y besar las mejillas de muchos, y ellos me amaran por siempre sin fin. ¡Oh! sí creo en otros mundos no caídos, mundos benditos.

¿Por qué también no pensar en éste mundo maldito recreado para bendición? ¿es eso posible? Yo lo creo. Éste es un mundo que odio, pero podría amar. Entre tanto eso sucede, debo manifestar mi aversión a este mundo al tiempo que sugiero abrigar la esperanza en uno nuevo.

Ciertamente no deseo vivir en este mundo, es una existencia asfixiante, pero, aunque desgraciado soy, no perderé el tiempo, me empeñare en resarcirlo, reconstruir mi historicidad y forjar mi inmortalidad procurando una existencia inteligente y combativa. Estoy en este mundo, pero no soy de él. Me empeñaré en diezmar las filas de la homínida generalidad.

Hasta aquí llego, no quiero pintar más este cuadro por el momento…