Por:
Profesor W A L T H E R
Caminando por los pasillos de un aeropuerto, en actitud reflexiva en medio de un entorno que no favorece para nada ese proceso mental. Mi actitud no podría ser posible, sino fuese por la profunda preocupación por lo que soy o debería ser y hacer. Es ese sentido de responsabilidad que he asumido desde hace muchos años, y que se ve desafiado y enfrentado a la vez por ese entorno al que aludo, que, si bien todos me ignoran involuntariamente, es porque cada cual tiene algo que hacer, tienen un destino, una misión, una responsabilidad o simplemente una preocupación. Al contrario, yo sí me esfuerzo por recorrer cada ángulo de ese entorno, una mirada escrutadora y panorámica que detecta a cada uno de quienes puedo alcanzar con mis ojos, personas que a simple vista son atrayentes, otras repugnantes, unas hablan de forma aceptable y educada, otros son vulgares y simples. Algunos de los que se detienen a mi lado se comportan y expresan literalmente como retrasados mentales, seres humanos totalmente transhumanizados, despersonalizados, y patologizados. Son tantos y tan diferentes, cada uno un universo basto y profundo. Todo es desalentador, y no es que no tenga la capacidad de reconocer lo bueno que hay en este mundo, sino que soy consciente de la esencia humana, es decir de su miseria, de su naturaleza perversa y degradada.
En diversas ocasiones- siempre en aeropuertos- he sido
testigo de escenas que me han partido el alma. Un sujeto fornido, con evidente
sobrepeso, con una barba frondosa, de aproximadamente un metro ochenta de
estatura carga una cartera roja, muy desinhibido y coqueto, aborda el avión
calzando unos llamativos tacos altos de mujer, en otra ocasión, un hombre
adulto de unos cuarenta años, se despide muy cariñosamente de un niño de no más
de catorce años con un hambriento, salivoso y apasionado beso en la boca, pude
notar en una mejilla del niño como la ávida lengua del adulto se paseaba cual
taladro en busca de petróleo.
Viajo invitado a dictar algunas conferencias, pero ¿Y qué
de mi entorno? ¿Ellos no deberían ser mi público oyente también? ¿Cómo puedo
caminar entre ellos con la mente puesta en aquel puñado de personas que me
esperan y no angustiarme por los miles que me rodean?¿Y yo? Uno, superado y
profundamente frustrado. Yo, viajando para dictar unas conferencias. Yo, apunto
de recorrer miles de kilómetros vía aérea para dirigirme a un grupo de personas
a quienes aprecio profundamente, pero quien sabe si lo que les enseñare caerá
en saco roto. Se supone que quienes me han invitado a dictarles cursos o
conferencias, son personas o comunidades con un alto estándar ético y moral,
asumo de antemano que visito personas que han adquirido sólidos valores
espirituales, culturales y están en la ruta hacia la excepcionalidad, sin
embargo, una vez terminadas mis labores y pasado cierto tiempo, sucede una de
tres cosas; primero, desaparecen del mapa como si la tierra de los hubiese
tragado, pues nunca más me han vuelto a contactar ni para saludar, el desapego
e ingratitud es escalofriante; segundo, me entero que entre ellos se han
sucedido situaciones innombrables. O tercero, simplemente nos les gusto lo que
hable, y me quieren tan lejos como está el polo norte del sur. ¿Habré perdido
mi tiempo durante años?
Todo esto es como dejar caer una gota de sudor en el
océano, ciertamente esa gota no cambiará ni el color, ni el sabor del mar, ni
influirá al punto de desbordar los límites marítimos globales. El incontable
océano humano que me rodea día a día es una ola de tsunami que no tiene la
menor idea que existo ni a que me dedico, si ésta ola me envolviese con su
furor, ni cuenta se daría que un cuerpo extraño yace entre sus ondas violentas
por más que mueva manos y piernas.
Es ineludible reflexionar en ésta angustia interior tan
desgastante y recurrente. Cuando conoces el mundo y su naturaleza hostil,
cuando observas la degradación y humillación humana inconsciente y vertiginosa,
irresponsable e ignorante, es como que la gran muralla china te cayera encima
sin previo aviso. Ansiedad, angustia y frustración, son las únicas sensaciones
que imperan en la mente. La maldad humana envolvente y poderosa te presiona
hasta penetrar las mismas neuronas, ella quiere ser parte de tu torrente
sanguíneo.
Y es justamente en éste punto de inflexión, en el mismo
fondo marino de las emociones humanas, cuando las aguas son más oscuras, es cuando
me pregunto: ¿Y que si simplemente no quiero saber nada sobre una trascendencia?
¿Y si me conformo sólo con esta vida mundana? ¿Lo terrenal me bastaría? ¿no
vivir en inmortalidad?
Quiero hacerme responsable de mi propio fin. Mi amor y
preocupación por el prójimo no es suficiente ni da abasto, ni ha sido
apreciado, soy un fracaso total, soy odiado, difamado, impopular, solitario,
errante y el mundo no tiene disposición a escucharme. Quién lea estas líneas
habrá escuchado alguna vez la desesperada expresión: “¡se me vino el mundo
encima!”.
Cobran sentido las palabras del pescador y apóstol en su
segunda carta cuando expresa: “…y libró
al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados (porque este
justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo
los hechos inicuos de ellos” (2 Pedro 2:7, 8).
De pronto, escucho por el altoparlante una voz femenina
que anuncia mi vuelo. Aquel aviso me saca abruptamente de la vorágine
reflexiva. Y mientras comienzo el abordaje, respiro hondamente y pienso aún más
consiente, que el propósito del gran Malvado, es ejercer tal presión emocional
sobre cada uno de quienes queremos ilustrar a las masas idiotizadas, que nos
rindamos incondicionalmente o que procuremos descansar del acoso deseando no
existir, ciertamente ambas decadentes opciones las he pensado mil veces.
Sin embargo, puedo afirmar con desgastada seguridad y
temblorosa fe, que incluso, una oscura fosa circunstancial, puede ser penetrada
por un rayo de luz lanzada desde las alturas al inconsciente, para rescatarnos
de una caída al vacío, que, como la piedra lanzada por el mítico David, puede
derribar estrepitosamente al gigante entorno dominado por el destructor y
hacernos una vez más, verdaderamente libres.
Al sentir como el avión se eleva hacia mi destino, miro
el aeropuerto que queda atrás y con él, el entorno que insistentemente me
provocara tan oscuro proceso reflexivo, aterrizaré en un nuevo aeropuerto
¿venceré nuevamente mis entornos?
No tengo que esperar llegar a mi destino para sentirme
nuevamente desafiado, la angustia es un estado de latencia inherente a la
existencia, pero ésta se hace más insostenible cuanto más peso tiene la
evidencia observacional. Cientos de orgullosas y despreocupadas almas dentro de
un cilindro metálico, dependiendo únicamente de la habilidad del capitán, ahí
yace la confianza de la mayoría, sin embargo, el fenómeno se invertiría, si el
cilindro realizara maniobras imprevistas, descensos vertiginosos, osadas
inclinaciones o un aterrizaje forzoso. Sólo como una fanfarrona e hipócrita
repuesta nerviosa alguien disfrutaría esa situación, los demás se convertirían
al Dios creador de los cielos y la tierra en menos de lo que dura un suspiro,
arrepintiéndose y prometiendo replantear y reformar su existencia de ahí en
adelante.
Las expresiones de los rostros que observo no distan
mucho de lo que ya vi estando en tierra. La misma dinámica situacional sucede
al ver alterada la vida cotidiana frente a la noticia de una grave enfermedad.
El humano viviente no se toma en serio su existencia, su postura innata es la
de seres inmortales y de una suficiencia burlesca y desafiante. Rehúyen
voluntariamente toda posibilidad de morir, como si contaran con un seguro de
vida omnipotente y sin fecha de caducidad. Literalmente viviendo como dioses
inmortales del Olimpo, hasta cuando la Divinidad les pellizca el brazo.
Y así, ya sea con asombro, con desdén, con misericordia o
con impotencia, mi actividad contemplativa está condenada a hacer constante e
inevitable, como inevitable sería también vivir eludiendo mis entornos y
dejarme vencer por ellos. Después de todo, éste es mi trabajo.
La existencia humana inteligente situada en la excepcionalidad, más que una postura intelectual, es una experiencia educativa y redentora cuyo propósito secundario es leudar a la existencia humana no pensante situada en la generalidad.
