viernes, 22 de enero de 2021

LA LOCURA COMO VIDA CON SENTIDO

 

Por: 


 Profesor  W A L T H E R


Una noche de verano, le contaba a mi hija sobre una experiencia que viví en un psiquiátrico. Junto a otra persona, fui a visitar a un paciente que llevaba cierto tiempo allí. Aquella visita nunca la he olvidado, las historias que escuche de boca de aquel enajenado mental me parecieron conmovedoras y absurdas a la vez. Su nombre era Gastón “el comando”, ya que en su imaginario pretendía ser de alguna fuerza especial del ejército.

Gastón relató que una vez estando acostado en su cama, y siendo las 03:00 de la madrugada, se le vino a la mente el recuerdo de su mamá, y cuenta con pesar lo mucho que la extrañaba y las ganas que le vinieron de verla. De inmediato salto de la cama para ponerse los zapatos, vestirse, emprender rumbo a la casa de su madre, pero claro, no podía llegar con las manos vacías, y no halló nada mejor que llevarle paltas de obsequio. Así que ni lerdo ni perezoso, se hecho al hombre ¡una caja de madera llena de paltas! Y saliendo a la calle saturado de convicción y amor por su mamá, inicio su largo peregrinaje a pie por la orilla de la carretera en plena noche.

Cuando ya habían transcurrido algunas horas de caminata, con el cuello casi torcido, los brazos acalambrados y bañado en sudor, se percató que estaba amaneciendo y aún no llegaba a su destino (su madre tenía domicilio a cientos de kilómetros de donde él vivía). Decidió sentarse a un costado de la carretera a descansar y mirando de reojo la caja con las paltas, de repente –cuenta él- le dio hambre ¿y a que no saben qué hizo? ¡comenzó a comerse las paltas! Y una vez que quedo satisfecho y viendo que el cajón ya no tenía tantas paltas como antes, decidió devolverse a casa, abandonando el cajón en el camino, y así fue como a casi a medio día llego de vuelta a su ciudad. Lo curioso de todo esto, es que su madre había fallecido hace años.

Cuenta que, al entrar a la ciudad, se dirigió al centro de la misma para de pronto encontrarse en una encrucijada que iba a necesitar de sus servicios públicos, se paró justo en la intersección de unas calles y presencio tremendo atochamiento de vehículos producto de un corte de luz que dejo sin funcionamiento los semáforos. Los conductores se gritaban e insultaban, pues todos querían avanzar y no podían. Él se angustio por la escena, y se preguntó: ¿yo, como ciudadano, de qué forma podría ayudar? Se le ocurrió pararse en medio de todo el caos y dirigir el tránsito, asumiendo una actitud formal y autoritaria, moviendo estrambóticamente sus brazos y haciendo sonidos con su boca a imitación de silbato. El resultado fue que de caos paso a batalla campal, ya que los conductores se desquitaron con él, al punto de querer golpearlo, y eso hubiese sucedido si no fuese por una pareja de carabineros que llegó al lugar para restablecer el orden. ¿resultado? Se llevaron detenido a Gastón por supuestamente alterar el orden público.

Mientras escuchaba su relato, no sabía si reír o lamentarme. Lo contaba con tanta seriedad y pena. Gastón reflexionaba sobre lo injusta e ingrata que es la sociedad, queriendo él hacer el bien, le pagaban mal. A las pocas horas fue dejado en libertad, ya que carabineros constató su condición mental.

Gastón cuenta que mientras caminaba alejándose de la comisaría y casi llegando el atardecer, pasó por el mercado de la ciudad, lugar que es muy frecuentado por indigentes que viven y hacen todas sus necesidades en la calle, hasta que divisó junto a unas escaleras unas personas que estaban descalzo y semidesnudas, entonces él se preguntó: ¿Qué harán estas personas pobres más tarde cuando llegue la noche? ¿Cómo han de soportar el frío? y llego a la conclusión que debía hacer algo, no podía irse a dormir tranquilamente a sabiendas que otros estaban desnudos, y resolvió “ayudar al prójimo”, no se le ocurrió nada más brillante que quitarse las zapatillas, calcetines y dárselas a uno de los indigentes, lo mismo hizo con su camisa, pantalones y hasta ¡los calzoncillos! Y así Gastón continuo su camino con la satisfacción de haber ayudado al desvalido, pero completamente desnudo rumbo a su casa.

Pasados unos quince minutos, nuevamente llega carabineros alertado por los transeúntes, detienen a Gastón y este termina en otra comisaría dando explicaciones. La reflexión que ésta vez nos ofrece es que él siempre ha querido ser útil a la sociedad, sus intenciones siempre han sido las mejores y al igual que Jesucristo es mal interpretado e incomprendido. Las personas –dice él- no comprenden sus motivaciones.

Gastón termina mirándonos solemnemente a los ojos y sentencia: “La gente me considera y me trata como si fuese un loco, pero yo creo que es la sociedad la que está loca, los locos no están aquí dentro, están allá afuera”.

Pasados varios años después de esta experiencia con Gastón, tuve un sueño, de esos sueños especiales que provocan una impresión duradera, de esos sueños que se lo cuentas a todo el mundo. Pues bien, ¡Soñé que el loco era yo! Vagando por las calles, a plena luz del día en medio del gentío, todos me miraban con una mezcla de simpatía y desdén, un pobre diablo, enfermo, digno de lastima y burlas, en realidad yo a nadie le importaba, sin embargo, podía percibir hasta cierto punto la realidad que me rodeaba. Entonces, ¿Estaba real y completamente trastornado en aquel sueño?

Al despertar, me sentí el ser humano más afortunado al percatarme que había vuelto a mi estado de consiente normalidad. Sin embargo, no pude evitar reflexionar sobre aquel sueño, pero lo interesante, es que reflexione “desde la experiencia” de haber estado en los zapatos de un loco, ¡aunque sea durmiendo!

¿A quién le puede preocupar la vida de un loco? En cierto sentido la vida de un loco es agradable. Te acostumbras a vivir en un permanente estado de primitiva inocencia e irresponsabilidad, ajeno al turbulento mundo de compromisos y objetivos a alcanzar en la vida. Tu vida corre con otro ritmo, sin prisa. Te puedes permitir dos cosas: La observación de lo que está más allá del horizonte o, por el contrario, fijar la atención en los detalles que la mayoría, aun teniendo frente a su nariz, ignora, todo esto invirtiendo el tiempo que sea necesario.

Al loco nadie lo odia, nadie lo condena, jurídicamente es inimputable. Puede hacer lo que quiera, pensar lo que quiera y expresar lo que guste sin temor hacer reprochado socialmente. Todo lo que haga o diga es tomado con simpatía, sería cruel incluso discutir y contradecir a un loco, nadie osaría hacer eso. A estos enfermos simplemente se les dice que sí a todo, o que bueno a todo.

Pero el loco, según mi experiencia personal de ex enfermo mental en sueños, tiene cierto grado de conciencia por mínimo que sea. La locura es una prisión, una camisa de fuerza mental que ahoga la conciencia. Ese “retaso de conciencia” que subsiste en el loco es cautiva, inoperante e impotente. Está latente, pero es inepta. Este retaso que a veces asoma su cabeza para observar la vida humana prisionera, es incapaz de influir ni en el más insignificante impulso conductual. La conciencia cautiva del enfermo se limita a ser testigo silencioso más no irreflexivo, se da cuenta de las situaciones, pero su voz está demasiado lejos para ser oída, está en un pozo profundo y oscuro, olvidada por los sentidos. La conciencia cautiva capta el humillante ridículo de la conducta absurda y fantasiosa del infeliz sujeto, siente vergüenza, quiere evitarlo, pero no puede. Sólo es muda testigo. El retaso de conciencia yace en las profundidades cerebrales del loco, como el sentenciado a permanecer en un calabozo subterráneo, húmedo y oscuro, y que por más que grite pidiendo libertad, su voz no llega a la superficie

La vida del loco es casi animal. Lo que hace, lo hace con total naturalidad, desinhibición, aunque no sé si con total inconciencia. Sólo actúa, lo que digan o piensen de él no tiene ninguna influencia en sus determinaciones. Ignora su entorno para seguir haciendo lo que cree debe ser hecho, está convencido. Es perdonado y comprendido por todos.

Vistas las cosas así, pienso que tal condición de perturbación mental no resultaría repugnante después de todo. Toda la existencia de éste ser es un sinsentido irreprochable para quien lo observa. Sin embargo, el loco sí puede reprochar lo que para nosotros tiene sentido, porque para él toda su existencia y proceder tiene sentido, quienes están fuera de su mundo somos nosotros.

Lo que podría volverse verdaderamente frustrante sería que en una condición de absoluta normalidad mental, el entorno social me perciba a mí, ser existente y con sentido, como loco-psicótico, lo cual sería una total y genuina desgracia, no para mí, sino para los demás. No sé si sería capaz de soportar ese trance. Sin embargo, ya he tenido señales de eso.

Una vez un familiar comentó que yo parecía o estaba loco, porque cada vez que me veía, estaba leyendo o escribiendo, y siempre en penumbras, usando sólo una pequeña lámpara y para complementar el ambiente, música de violín, hasta me sorprendió varias veces hablando sólo (razonando en voz alta) caminando de aquí para allá. En efecto, para él, yo no era parte de la normal generalidad, sino de la extraña e incomprendida excepcionalidad. Debo decir a mi favor que éste familiar es un fiel representante de los australopithecus contemporáneos. Como bien decía el sabio Gastón: “La gente me considera y me trata como si fuese un loco, pero yo creo que es la sociedad la que está loca, los locos no están aquí dentro, están allá afuera”.

Mi radical metanoia como pensador y escritor, a un estilo de práctica reflexiva en condiciones auto impuestas de régimen de aislamiento, ascético o monástico, habla elocuentemente de mis nuevas visiones que derivan efectivamente de la plena conciencia del sentido de mi ser, y que me ha llevado a una génesis y conversión ontológica. En efecto, la plena conciencia de mi inmediatez desde la representación de la muerte, me ha permitido revalorar mi condición humana y el propósito que eventualmente podría desempeñar. Ahora, este “eventualmente” suena a indefinición, pues si y no, ya que la indefinición respecto del propósito no es estática sino dinámica, progresando siempre hacia una definición de la identidad reconvertida, por ende, la indefinición corresponde a una etapa inicial en la determinación consiente del sentido.

Así que, lo que para algunos es locura o como mínimo extravagancia, para mí a resultado en una proyección evolutiva respecto a la generalidad humana, la muerte ha cambiado mi vida. De ahí que éste nuevo régimen de consagración y apostolado sapiencial sea lo que me reporta permanente e inefable regocijo, al punto de deslumbrar un propósito trascendente que confirma y justifica mi existencia, una nueva era individual de esplendor ontológico.

Cuando se incrementa el ejercicio de la razón natural, se produce paulatinamente una pavimentación de dicha facultad, por ella transita la cordura que nos vuelve espontáneamente proclives a considerar como deseable el bien moral. Las consecuencias de ésta dinámica se comparan sólo con el proceso de fotosíntesis observado en las plantas. La naturaleza humana recupera su dignidad descuidada y rebajada, pues asciende desde los niveles más ramplones de la animalidad, para palpar con sus manos la misma fuente de sabiduría e iluminación supra humana, la revelación divina.

Los homínidos contemporáneos que con soberbia y falsa seguridad se jactan de su normalidad, son quienes en realidad permanecen majaderamente en estado de insensatez y locura. Son ellos quienes viven en el sin sentido, pues no se preguntan desde cuándo, porque y para que existen. Ignoran absolutamente su lugar en la escala evolutiva hacia la verdad totalizadora y eterna capaz de hacer perfectible a todo ser humano pensante. La voz pensante del oscuro calabozo subterráneo debe ser escuchada.


“La vida no debe ser observada desde la horizontalidad, sino desde la verticalidad. Es decir, contemplada desde una gran altura, una vista panorámica siempre desde arriba hacia abajo”

Walther Günther