Por:
Profesor W A L T H E R
Una noche de verano, le contaba a mi hija sobre una experiencia que viví en un psiquiátrico. Junto a otra persona, fui a visitar a un paciente que llevaba cierto tiempo allí. Aquella visita nunca la he olvidado, las historias que escuche de boca de aquel enajenado mental me parecieron conmovedoras y absurdas a la vez. Su nombre era Gastón “el comando”, ya que en su imaginario pretendía ser de alguna fuerza especial del ejército.
Gastón relató que una vez estando acostado en su cama, y
siendo las 03:00 de la madrugada, se le vino a la mente el recuerdo de su mamá,
y cuenta con pesar lo mucho que la extrañaba y las ganas que le vinieron de
verla. De inmediato salto de la cama para ponerse los zapatos, vestirse,
emprender rumbo a la casa de su madre, pero claro, no podía llegar con las
manos vacías, y no halló nada mejor que llevarle paltas de obsequio. Así que ni
lerdo ni perezoso, se hecho al hombre ¡una caja de madera llena de paltas! Y saliendo
a la calle saturado de convicción y amor por su mamá, inicio su largo
peregrinaje a pie por la orilla de la carretera en plena noche.
Cuando ya habían transcurrido algunas horas de caminata,
con el cuello casi torcido, los brazos acalambrados y bañado en sudor, se
percató que estaba amaneciendo y aún no llegaba a su destino (su madre tenía
domicilio a cientos de kilómetros de donde él vivía). Decidió sentarse a un
costado de la carretera a descansar y mirando de reojo la caja con las paltas,
de repente –cuenta él- le dio hambre ¿y a que no saben qué hizo? ¡comenzó a
comerse las paltas! Y una vez que quedo satisfecho y viendo que el cajón ya no
tenía tantas paltas como antes, decidió devolverse a casa, abandonando el cajón
en el camino, y así fue como a casi a medio día llego de vuelta a su ciudad. Lo
curioso de todo esto, es que su madre había fallecido hace años.
Cuenta que, al entrar a la ciudad, se dirigió al centro
de la misma para de pronto encontrarse en una encrucijada que iba a necesitar
de sus servicios públicos, se paró justo en la intersección de unas calles y
presencio tremendo atochamiento de vehículos producto de un corte de luz que
dejo sin funcionamiento los semáforos. Los conductores se gritaban e
insultaban, pues todos querían avanzar y no podían. Él se angustio por la escena,
y se preguntó: ¿yo, como ciudadano, de
qué forma podría ayudar? Se le ocurrió pararse en medio de todo el caos y
dirigir el tránsito, asumiendo una actitud formal y autoritaria, moviendo
estrambóticamente sus brazos y haciendo sonidos con su boca a imitación de
silbato. El resultado fue que de caos paso a batalla campal, ya que los
conductores se desquitaron con él, al punto de querer golpearlo, y eso hubiese
sucedido si no fuese por una pareja de carabineros que llegó al lugar para
restablecer el orden. ¿resultado? Se llevaron detenido a Gastón por supuestamente
alterar el orden público.
Mientras escuchaba su relato, no sabía si reír o
lamentarme. Lo contaba con tanta seriedad y pena. Gastón reflexionaba sobre lo
injusta e ingrata que es la sociedad, queriendo él hacer el bien, le pagaban
mal. A las pocas horas fue dejado en libertad, ya que carabineros constató su
condición mental.
Gastón cuenta que mientras caminaba alejándose de la
comisaría y casi llegando el atardecer, pasó por el mercado de la ciudad, lugar
que es muy frecuentado por indigentes que viven y hacen todas sus necesidades
en la calle, hasta que divisó junto a unas escaleras unas personas que estaban
descalzo y semidesnudas, entonces él se preguntó: ¿Qué harán estas personas pobres más tarde cuando llegue la noche? ¿Cómo
han de soportar el frío? y llego a la conclusión que debía hacer algo, no
podía irse a dormir tranquilamente a sabiendas que otros estaban desnudos, y
resolvió “ayudar al prójimo”, no se le ocurrió nada más brillante que quitarse
las zapatillas, calcetines y dárselas a uno de los indigentes, lo mismo hizo
con su camisa, pantalones y hasta ¡los calzoncillos! Y así Gastón continuo su
camino con la satisfacción de haber ayudado al desvalido, pero completamente
desnudo rumbo a su casa.
Pasados unos quince minutos, nuevamente llega carabineros
alertado por los transeúntes, detienen a Gastón y este termina en otra
comisaría dando explicaciones. La reflexión que ésta vez nos ofrece es que él
siempre ha querido ser útil a la sociedad, sus intenciones siempre han sido las
mejores y al igual que Jesucristo es mal interpretado e incomprendido. Las
personas –dice él- no comprenden sus motivaciones.
Gastón termina mirándonos solemnemente a los ojos y
sentencia: “La gente me considera y me
trata como si fuese un loco, pero yo creo que es la sociedad la que está loca,
los locos no están aquí dentro, están allá afuera”.
Pasados varios años después de esta experiencia con
Gastón, tuve un sueño, de esos sueños especiales que provocan una impresión
duradera, de esos sueños que se lo cuentas a todo el mundo. Pues bien, ¡Soñé
que el loco era yo! Vagando por las calles, a plena luz del día en medio del
gentío, todos me miraban con una mezcla de simpatía y desdén, un pobre diablo,
enfermo, digno de lastima y burlas, en realidad yo a nadie le importaba, sin
embargo, podía percibir hasta cierto punto la realidad que me rodeaba.
Entonces, ¿Estaba real y completamente trastornado en aquel sueño?
Al despertar, me sentí el ser humano más afortunado al
percatarme que había vuelto a mi estado de consiente normalidad. Sin embargo,
no pude evitar reflexionar sobre aquel sueño, pero lo interesante, es que
reflexione “desde la experiencia” de haber estado en los zapatos de un loco,
¡aunque sea durmiendo!
¿A quién le puede preocupar la vida de un loco? En cierto
sentido la vida de un loco es agradable. Te acostumbras a vivir en un
permanente estado de primitiva inocencia e irresponsabilidad, ajeno al
turbulento mundo de compromisos y objetivos a alcanzar en la vida. Tu vida
corre con otro ritmo, sin prisa. Te puedes permitir dos cosas: La observación
de lo que está más allá del horizonte o, por el contrario, fijar la atención en
los detalles que la mayoría, aun teniendo frente a su nariz, ignora, todo esto invirtiendo
el tiempo que sea necesario.
Al loco nadie lo odia, nadie lo condena, jurídicamente es
inimputable. Puede hacer lo que quiera, pensar lo que quiera y expresar lo que
guste sin temor hacer reprochado socialmente. Todo lo que haga o diga es tomado
con simpatía, sería cruel incluso discutir y contradecir a un loco, nadie
osaría hacer eso. A estos enfermos simplemente se les dice que sí a todo, o que
bueno a todo.
Pero el loco, según mi experiencia personal de ex enfermo
mental en sueños, tiene cierto grado de conciencia por mínimo que sea. La
locura es una prisión, una camisa de fuerza mental que ahoga la conciencia. Ese
“retaso de conciencia” que subsiste en el loco es cautiva, inoperante e
impotente. Está latente, pero es inepta. Este retaso que a veces asoma su
cabeza para observar la vida humana prisionera, es incapaz de influir ni en el
más insignificante impulso conductual. La conciencia cautiva del enfermo se
limita a ser testigo silencioso más no irreflexivo, se da cuenta de las
situaciones, pero su voz está demasiado lejos para ser oída, está en un pozo
profundo y oscuro, olvidada por los sentidos. La conciencia cautiva capta el
humillante ridículo de la conducta absurda y fantasiosa del infeliz sujeto,
siente vergüenza, quiere evitarlo, pero no puede. Sólo es muda testigo. El
retaso de conciencia yace en las profundidades cerebrales del loco, como el
sentenciado a permanecer en un calabozo subterráneo, húmedo y oscuro, y que por
más que grite pidiendo libertad, su voz no llega a la superficie
La vida del loco es casi animal. Lo que hace, lo hace con
total naturalidad, desinhibición, aunque no sé si con total inconciencia. Sólo
actúa, lo que digan o piensen de él no tiene ninguna influencia en sus
determinaciones. Ignora su entorno para seguir haciendo lo que cree debe ser
hecho, está convencido. Es perdonado y comprendido por todos.
Vistas las cosas así, pienso que tal condición de perturbación
mental no resultaría repugnante después de todo. Toda la existencia de éste ser
es un sinsentido irreprochable para quien lo observa. Sin embargo, el loco sí
puede reprochar lo que para nosotros tiene sentido, porque para él toda su
existencia y proceder tiene sentido, quienes están fuera de su mundo somos
nosotros.
Lo que podría volverse verdaderamente frustrante sería
que en una condición de absoluta normalidad mental, el entorno social me
perciba a mí, ser existente y con sentido, como loco-psicótico, lo cual sería
una total y genuina desgracia, no para mí, sino para los demás. No sé si sería
capaz de soportar ese trance. Sin embargo, ya he tenido señales de eso.
Una vez un familiar comentó que yo parecía o estaba loco,
porque cada vez que me veía, estaba leyendo o escribiendo, y siempre en
penumbras, usando sólo una pequeña lámpara y para complementar el ambiente,
música de violín, hasta me sorprendió varias veces hablando sólo (razonando en
voz alta) caminando de aquí para allá. En efecto, para él, yo no era parte de
la normal generalidad, sino de la extraña e incomprendida excepcionalidad. Debo
decir a mi favor que éste familiar es un fiel representante de los australopithecus contemporáneos. Como
bien decía el sabio Gastón: “La gente me
considera y me trata como si fuese un loco, pero yo creo que es la sociedad la
que está loca, los locos no están aquí dentro, están allá afuera”.
Mi radical metanoia
como pensador y escritor, a un estilo de práctica reflexiva en condiciones auto
impuestas de régimen de aislamiento, ascético o monástico, habla elocuentemente
de mis nuevas visiones que derivan efectivamente de la plena conciencia del
sentido de mi ser, y que me ha llevado a una génesis y conversión ontológica.
En efecto, la plena conciencia de mi inmediatez desde la representación de la
muerte, me ha permitido revalorar mi condición humana y el propósito que
eventualmente podría desempeñar. Ahora, este “eventualmente” suena a
indefinición, pues si y no, ya que la indefinición respecto del propósito no es
estática sino dinámica, progresando siempre hacia una definición de la
identidad reconvertida, por ende, la indefinición corresponde a una etapa
inicial en la determinación consiente del sentido.
Así que, lo que para algunos es locura o como mínimo
extravagancia, para mí a resultado en una proyección evolutiva respecto a la generalidad
humana, la muerte ha cambiado mi vida. De ahí que éste nuevo régimen de
consagración y apostolado sapiencial sea lo que me reporta permanente e
inefable regocijo, al punto de deslumbrar un propósito trascendente que confirma
y justifica mi existencia, una nueva era individual de esplendor ontológico.
Cuando se incrementa el ejercicio de la razón natural, se
produce paulatinamente una pavimentación de dicha facultad, por ella transita
la cordura que nos vuelve espontáneamente proclives a considerar como deseable
el bien moral. Las consecuencias de ésta dinámica se comparan sólo con el
proceso de fotosíntesis observado en las plantas. La naturaleza humana recupera
su dignidad descuidada y rebajada, pues asciende desde los niveles más
ramplones de la animalidad, para palpar con sus manos la misma fuente de
sabiduría e iluminación supra humana, la revelación divina.
Los homínidos contemporáneos que con soberbia y falsa
seguridad se jactan de su normalidad, son quienes en realidad permanecen
majaderamente en estado de insensatez y locura. Son ellos quienes viven en el
sin sentido, pues no se preguntan desde cuándo, porque y para que existen. Ignoran
absolutamente su lugar en la escala evolutiva hacia la verdad totalizadora y
eterna capaz de hacer perfectible a todo ser humano pensante. La voz pensante
del oscuro calabozo subterráneo debe ser escuchada.
“La
vida no debe ser observada desde la horizontalidad, sino desde la verticalidad.
Es decir, contemplada desde una gran altura, una vista panorámica siempre desde
arriba hacia abajo”
Walther Günther
