domingo, 6 de febrero de 2022

SONIDO QUE CONSUELA

 



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Profesor Walther G.


Un día por la tarde, instalado incómodamente sobre un viejo sillón, junto al balcón de mi departamento arrendado, intentaba continuar la lectura de un sencillo libro de filosofía el cual captó mi interés desde el principio. Estuve más de una hora en ese proceso de “inicio de lectura”, dado que cuando creía haberme concentrado, una y otra vez escuchaba algún ruido que venía de la calle y me sacaba del feliz mundo en el cual quería permanecer, en mi Orión terrenal.


Los ruidos sin lugar a dudas eran inmensamente molestos, mezclas de sonidos que derivaban en zumbidos agobiantes, persistentes, saturadores. Muchos y simultáneos, logre distinguir algunos a los lejos, otros prácticamente a metros mío. Cantantes o predicadores callejeros equipados con amplificadores de sonidos repitiendo el mismo repertorio, comerciantes ilegales ofreciendo a gritos desaforados sus productos, los automóviles y sus bocinas, voces de conversaciones en alta voz, ladridos de jaurías de perros vagos, un sujeto gritaba en la esquina los menús del restaurant, etc...


Llegó un momento en el cual mi mirada quedo fija en el párrafo que alcance a leer, pero que no logre entender, ahora todos mis sentidos estaban capturados por el insoportable enjambre de ruidos. Nada de lo que escuchaba me agradaba, servía o ayudaba, todo era repugnante, molesto, irritante, hostil, estaba sufriendo una agresión sonora. Una calle, una ciudad sin control ni orden. Cuando ya creía que un cantante callejero por fin se había callado la boca, llegaba otro a iniciar “su turno” encendiendo una vez más los amplificadores. Realmente estaba agobiado, bajo presión. Todos los días es lo mismo. Especialmente hoy podría acertadamente ser declarado el día nacional de la contaminación acústica.


Un día, Y ya llegada la noche, la calle entro en un sospechoso silencio, no sé qué habrá sucedido, pero se produjo un lapso bastante extenso de paz callejera, ¡oh no saben cómo disfrute esa paradójica oportunidad! Hasta que de repente y siendo las nueve de la noche, en una esquina, a metros de mi departamento, nuevamente a algún descriteriado se le ocurrió encender un parlante amplificador y comenzar a darme lecciones de espiritualidad a viva voz usando un micrófono. Salgo enseguida al balcón, y se trataba de un ladrador callejero de las buenas nuevas, un homínido de la religión al cual le realice señas con las manos indicándole que por favor mirara la hora, y para mi sorpresa éste primate salido de no sé qué árbol denominacional me responde con el mismo micrófono y para toda la vecindad “que tiene permiso municipal hasta las diez de la noche”.


Y así, día a día llegué a tal punto a ser torturado por el bullicio, que me aprendí de memoria el contenido del menú que ofrecían a eso del mediodía, pero además realicé un sorprendente descubrimiento.


Inclinando mi cabeza hacia abajo, llevándome la mano derecha a la frente y a punto de colapsar, note un sonido familiar que me produjo simpatía, era un sonido desde muy lejos, como intentando sobrevivir, era como un débil rayo de luz queriendo infructuosamente penetrar las tinieblas. Aquel sonido capto gratamente mi atención, olvide la lectura, cerré los ojos, me concentre en él, mi mente y oídos ignoraron todo lo demás y sólo me quede con ese apacible y débil instrumento. ¡Inconfundible¡, ¡eran sonidos de campanas! ¡Un campanario emitía su sonido característico!


Luego espontáneamente entró en acción la memoria, los recuerdos, las imágenes, y me vi parado una vez más sobre la torre de campana de la iglesia de todos los santos en Wittemberg, Alemania la cual visité el año 2017. En dicha torre está escrito una frase que dice en alemán: “Ein feste Burg ist unser Gott” (Castillo fuerte es nuestro Dios) y efectivamente ¡hay unas inmensas campanas! ¡oh que bálsamo para todo mi ser colapsado, que luz de esperanza, que consuelo bendito! Fueron minutos de ausencia, escape a un lugar que me llena de felicidad e inspiración, de viaje a un lugar mejor, de suspensión en el tiempo. No quería abrir los ojos, deseaba permanecer en ese recuerdo, los sentidos estaban allá y no aquí, si en ese momento hubiese terminado mi vida, dichoso sería mi deceso.


¡No puedo dejar de recordar la escalera que me llevaba a la cúspide de la torre, como disfrutaba cada peldaño, el olor de las paredes, su color, la escasa luz, el eco que se producía al hablar, evocar por unos minutos el año 1517, ¡oh gratos e inolvidables recuerdos!


Un lejano y tímido sonido de campanas me llevan una vez más a Wittemberg, con los ojos de la nostalgia me paro en lo más alto de la torre de campana, miro el horizonte y contemplo la vieja ciudad del reformador Martin Lutero.


No sé cuánto tiempo duró esa reminiscencia o teofanía, pero mientras permanecí en éxtasis lo añore, lo desee, y fui feliz. Hasta que un nuevo artista callejero subió irrespetuosamente los decibeles de su equipo y distrajo mi mente, para volver de sopetón al incomodo sillón de los años cincuenta en el que estaba sentado leyendo, intente una vez más distinguir el sonido de campanas, pero éstas no se escucharon más…


Desde esa tarde y en adelante todo cambio, ahora en medio de la vorágine acústica, torturadora y contaminadora, cierro mis ojos y busco con ansias distinguir el sonido de aquellas campanas. Cada tarde hago una pausa en mi lectura, para buscar las campanas y reencontrarme con ellas.


Se dice que desde el siglo V las campanas como instrumentos musicales comenzaron a usarse en edificios y torres eclesiásticas con el objeto de avisar e invitar a la población a hacer una pausa en sus actividades y dedicarlas al culto, oración o reflexión. Hoy, nadie las escucha, nadie las distingue. El comerciante seguirá gritando, el cantante ladrando y el anfitrión parado en la esquina ofreciendo menús.


En medio del bullicio propio de una gran ciudad como Santiago de Chile, que grato y esperanzador es escuchar las campanas de una iglesia que llaman a reflexionar, a ocuparnos por un instante en las cosas del espíritu, recordar los buenos momentos, y añorar tiempos mejores. Por mi parte procurare siempre donde quiera que esté, reencontrarme con aquellas lejanas campanas.