Profesor W A L T H E R G.
Antes de responder ésta pregunta que es recurrente en mis
reflexiones nocturnas y espasmódicas. Quiero decir que es mi convicción que no
llegaré a la plena senectud. No quiero ser anciano ¿para qué? Para ser receptor
del menosprecio de los ignorantes, seres unicelulares indiferentes a la vejez
¡No gracias! Prefiero elevarme hoy, a la máxima potencia, en el clímax de mi
heroicidad y así perpetuarme en la nostalgia de los sabios. No seré material de
los insensatos.
El deseo intenso de ver llegar el día en que como la
llamita de una vela se apaga ante un violento soplo, así se extinguirá mi
existencia física, no sin antes observar serenamente mi entorno, justo en los
segundos previos al gran silencio, antes que la cortina del escenario se cierre
por completo, inhalar y exhalar oxigeno de éste mundo por última vez, luego
alojar simbólicamente en la Orión celestial, asiento de mi memoria, pero vivir
realmente en el recuerdo de muchos, evocando mi estadía y trabajo en la Orión
terrenal, es decir, mi entorno propicio.
La memoria del muerto debe mantenerse viva, como fuente
de virtud y referencia. Resaltando su legado por modesto que haya sido. Deberá
considerarse la historicidad de su existencia como fuente formativa. Su
recuerdo siempre debe visitar el presente. El muerto como realidad fáctica siempre
constatable, no pertenece a este presente en términos de existencia consiente,
sino en la medida que se le hace estar presente por la trascendencia de algún
recuerdo vívido, es en este sentido que siempre está presente, de igual manera
yo quiero estar presente.
Y así será, mientras mi ser asume el final, en los
últimos segundos, todo el quehacer terrenal se detendrá, miraré pero no veré,
escuchare pero no oiré, mi mente se inhibirá de pensar, la resignación tomara
el control en mi favor, toda posibilidad de miedo al dolor perderá su fuerza
intimidatoria, pues racionalicé con años de anticipación que el dolor es digno
de temor en tanto éste es permanente en mi ser consiente, sin embargo cuando al
dolor no se le permite infligir suplicio por ausencia de tiempo para hacerlo,
no hay nada que temer, sólo esperar el punto final. Hacer previsión,
adelantarse a la muerte, enfrentándola, no evitándola.
Mi esperanza radica en que dicho momento llegara en el
cenit de mi experiencia espiritual, en efecto, el claro entendimiento de que la
vida es tan breve como el parpadeo de un ojo, que no se la puede dejar pasar
como las aguas de un río que discurren diariamente bajo un puente y que cada
día puede y debe adquirir significación, sobre todo en quienes aspiramos a la
trascendencia.
Con la muerte tengo una relación de enemistad
diplomática, ella me ha mostrado sus filosas credenciales en varias
oportunidades, sin embargo, he evitado entrar en dialogo formal con ella, no
porque no quiera o le tema, sino porque el gobierno al cual sirvo no le ha
parecido oportuno o útil iniciar dichas relaciones. Después de todo, como leal héroe
enviado, debo remitirme a la voluntad de quien es mi autoridad suprema, mi imperator.
Rápida, sin tiempo para pensar, dudar o retractarse,
cuando ya todo lo que pude haber dicho o hecho lo haya dicho y hecho, cuando no
quede nada en el tintero, cuando el desgaste personal llegue al límite de lo
soportable, cuando la tensión emocional llegue al clímax de la satisfacción de
la misión cumplida, cuando mi existencia no tenga sentido fuera de lo que hago,
cuando el desprendimiento consuma los resabios de egoísmo, cuando palpe por la
fe la nueva tierra, cuando mi existencia terrena sea una permanente ofrenda,
cuando mi ser sea totalmente de aquel otro distinto y superior a mí, cuando
cada latido de mi corazón esté bajo la voluntad de aquel que me creó, cuando mi
rostro se mire como el rostro de un ángel, cuando la muerte signifique el
merecido y delicioso reposo después de una vida de trabajo, así he e morir.
Y así será, mientras mi ser asume el final, todo el
quehacer terrenal se detendrá, miraré, pero no veré, escuchare, pero no oiré,
mi mente se inhibirá de pensar y si en algún fugaz instante de este trance
mortal, se me llegase a conceder recuperar el pleno sentido antes del gran
silencio, espero que sea para ver el cielo abierto y al hijo del hombre sentado
a la diestra del gran YO SOY. Así quiero morir.
