Profesor W A L T H E R
“Vivimos encerrados, encerrados en la cápsula del tiempo. Si morimos, morimos para el tiempo, pues nos libramos de él, para vivir en la eterna excepcionalidad”. ”.
El tiempo no es apremiante, tampoco negligente, no tiene
origen ni limites, es grandioso, desconocido y libre, simplemente es. ¿y
nosotros? Vivimos encerrados en él, encerrados en la cápsula del tiempo, con
los días contados, bajo un constante e irremediable descuento, de ahí que para
algunos resulte apremiante este lapso en el que tenemos que existir. Como
cuando observamos un reloj de arena, la arena que cae no se puede devolver, así
el tiempo transcurrido no se puede recuperar, cada momento que pasa es único e
irrepetible. Todo intento de recuperación resulta vano e ilusorio, no podemos
retroceder al segundo, minuto, día o al año que ya paso, ese instante ya no
está con nosotros, no nos pertenece, porque es tiempo prestado. Ni aun
manteniendo la mirada fija hacia atrás viviríamos dos veces el mismo momento.
Como quien ve zarpar un barco que al poco andar se pierde en el horizonte, así
es el tiempo que pasa y siempre es.
El tiempo no se harta ni se libra de nosotros, no puede
hacerlo, porque solo es, está ahí, presente querámoslo o no, solo es testigo de
cómo pasa sobre nosotros. Nos percatamos del paso del tiempo gracias a un
sistema humano de contabilidad -sistema que tiene como referencia nuestra
mortal temporalidad- y por la simple observación de los cambios que vemos a
nuestro alrededor. Nuestros hijos crecen, nosotros y nuestros padres
envejecemos, todo nuestro entorno sufre modificaciones. Hay quien expresa “eran
otros tiempos”, pero el tiempo siempre es el mismo, más bien los existentes y
los entornos eran otros o por lo menos distintos, muchos que existieron hace
tiempo ya no están con nosotros, otros no existían desde hace mucho y ahora
otros tienen parte en este mundo y son quienes toman las decisiones y lo
alteran todo, pero el tiempo es. Así es como el tiempo es el mismo, los “otros”
no eran los tiempos sino los existentes y sus entornos.
De entre los millares de enjambres de individuos que
vuelan en este mundo, muy pocos viven en la útil excepcionalidad, son quienes
contribuyen a la buena memoria, al recuerdo de lo que quisiésemos siempre
perdurase, también hay almas que viven en la inútil excepcionalidad y que
perduran en la memoria sólo para lamentar sus existencias y sus obras. Los unos
y los otros, bien o mal administraron el lapso de tiempo concedido sobre sus
cabezas, consientes o inconscientes de la arena del reloj que inevitablemente
continuaba cayendo. Y luego está esa gran muchedumbre de existencias anónimas
de la cual nadie conoce ni recuerda y que son como si no hubiesen existido
nunca, las hordas que no se rebelaron contra el tiempo, que no recopilaron y
conservaron las invaluables contribuciones de la memoria, que no aprendieron de
ella, ni de lo loable ni de lo aborrecible, en consecuencia, estas almas no
constituyen ningún aporte para el género humano, no estamparon su sello o una
cicatriz en el tiempo, el tiempo paso sobre ellos sin novedad, son la gran
generalidad, son quienes no piensan ni en el frágil pasado ni el porvenir
eterno, por ende no tienen nada trascedente que heredar, salvo algunos
sencillos rudimentos, la simplicidad de sus existencias se limita al aquí y
ahora, a la inmediatez homínida del que no pregunta por el sentido de la vida,
la muerte y el tiempo.
La victoria sobre los límites que nos impone el tiempo,
depende única y exclusivamente de nosotros. En efecto, el tiempo es soberano y
observador, pero desde el punto de vista de nuestra mortalidad este se
constituye –no siéndolo- en nuestro arbitro y verdugo, es en este sentido que
es nuestro “limitador”. Y es dentro de ésta camisa de fuerza o cápsula
limitante donde debemos trascender, es decir, evolucionar hacia la
excepcionalidad temporal y la memoria eterna, en busca de una legitima noble y
útil existencia. La memoria sobrepasa y vence el tiempo.
El tiempo no está a nuestro favor, sino que, en nuestra
contra, es nuestro adversario y debe ser vencido por la búsqueda y obtención de
la inmortalidad, entendiendo por esta, la existencia inteligente o pensante y
la útil excepcionalidad que construyen los cimientos perpetuos de la memoria.
La inflexión ontológica es esencial y necesaria para
quien descubre su miserable e ignorante generalidad. Quien se estrella con la
verdad, es decir, su actual primitivo y sin sentido trayecto existencial, no
debe pasar por alto su mortalidad y temporalidad, debe hacerse consciente de
ello, al punto de obtener una nítida visión del entorno y su lugar en el
tiempo, ahora desde las alturas del ser humano racional no animalizado debería
iniciarse la metanoia, es decir, el
encuentro o reencuentro con el sentido y propósito de la propia existencia, la
búsqueda de la trascendencia, la inmortalidad y la memoria. El esplendor
ontológico que vence el tiempo es la victoria sobre la mortalidad natural
propia de la generalidad humana.
Se nos imputa un tiempo determinado sobre este mundo,
consecuencia inevitable del primer delito que impregno de mortalidad y
maldición toda la existencia. En consecuencia, nuestra humana vitalidad tiene
principio y fin, no así el tiempo que pesa y pasa sobre nosotros. Sin embargo,
la conciencia despertada goza de un esplendor creciente que dirige los motivos
hacia la excepcionalidad, ésta inicia su vorágine contra la irrelevancia e
inutilidad temporal, un “resarcir el tiempo” como meta final antes del gran
silencio.
¿Somos conscientes de la ilimitada magnitud del tiempo,
las limitaciones impuestas y la brevedad concedida? Nos resta ahora recuperar y
conservar la memoria que llora abandonada en el pasado, el rescate de lo útil y
sabio, la modificación sustancial de la idiotez generalizada e inconsciente que
abusó de nuestra dignidad, ahora tomaremos el timón y fijaremos el rumbo hacia
la eternidad.
La existencia inteligente no será consumida, desgastada o
extinguida, pues hemos despertado, la conversión ontológica nos brinda la seguridad
aun en la muerte, que no moriremos realmente, bajaremos irremediablemente al
gran silencio, pero no en la humillante generalidad sino en la gloria de la
excepcionalidad. La excepcionalidad es real y legitima en tanto poseedora de
singularidades que trascienden al tiempo y a la muerte, esta es la inmortalidad
del Ser-pensante, en esta condición nos libramos del yugo del tiempo, nuestra
existencia temporal podrá desaparecer, más no nuestra memoria, pues nuestra
existencia útil y singular indica el sentido, da respuestas y hereda una visión
e individualidad empática que deja huellas permanentes. Son los herederos de
nuestra excepcionalidad quienes seguirán venciendo la banalidad del mundo y al
pérfido e implacable tiempo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario