miércoles, 19 de junio de 2024

VICTORIA SOBRE EL TIEMPO


 
Por:

Profesor W A L T H E R


“Vivimos encerrados, encerrados en la cápsula del tiempo. Si morimos, morimos para el tiempo, pues nos libramos de él, para vivir en la eterna excepcionalidad”. ”.


El tiempo no es apremiante, tampoco negligente, no tiene origen ni limites, es grandioso, desconocido y libre, simplemente es. ¿y nosotros? Vivimos encerrados en él, encerrados en la cápsula del tiempo, con los días contados, bajo un constante e irremediable descuento, de ahí que para algunos resulte apremiante este lapso en el que tenemos que existir. Como cuando observamos un reloj de arena, la arena que cae no se puede devolver, así el tiempo transcurrido no se puede recuperar, cada momento que pasa es único e irrepetible. Todo intento de recuperación resulta vano e ilusorio, no podemos retroceder al segundo, minuto, día o al año que ya paso, ese instante ya no está con nosotros, no nos pertenece, porque es tiempo prestado. Ni aun manteniendo la mirada fija hacia atrás viviríamos dos veces el mismo momento. Como quien ve zarpar un barco que al poco andar se pierde en el horizonte, así es el tiempo que pasa y siempre es.


El tiempo no se harta ni se libra de nosotros, no puede hacerlo, porque solo es, está ahí, presente querámoslo o no, solo es testigo de cómo pasa sobre nosotros. Nos percatamos del paso del tiempo gracias a un sistema humano de contabilidad -sistema que tiene como referencia nuestra mortal temporalidad- y por la simple observación de los cambios que vemos a nuestro alrededor. Nuestros hijos crecen, nosotros y nuestros padres envejecemos, todo nuestro entorno sufre modificaciones. Hay quien expresa “eran otros tiempos”, pero el tiempo siempre es el mismo, más bien los existentes y los entornos eran otros o por lo menos distintos, muchos que existieron hace tiempo ya no están con nosotros, otros no existían desde hace mucho y ahora otros tienen parte en este mundo y son quienes toman las decisiones y lo alteran todo, pero el tiempo es. Así es como el tiempo es el mismo, los “otros” no eran los tiempos sino los existentes y sus entornos.


De entre los millares de enjambres de individuos que vuelan en este mundo, muy pocos viven en la útil excepcionalidad, son quienes contribuyen a la buena memoria, al recuerdo de lo que quisiésemos siempre perdurase, también hay almas que viven en la inútil excepcionalidad y que perduran en la memoria sólo para lamentar sus existencias y sus obras. Los unos y los otros, bien o mal administraron el lapso de tiempo concedido sobre sus cabezas, consientes o inconscientes de la arena del reloj que inevitablemente continuaba cayendo. Y luego está esa gran muchedumbre de existencias anónimas de la cual nadie conoce ni recuerda y que son como si no hubiesen existido nunca, las hordas que no se rebelaron contra el tiempo, que no recopilaron y conservaron las invaluables contribuciones de la memoria, que no aprendieron de ella, ni de lo loable ni de lo aborrecible, en consecuencia, estas almas no constituyen ningún aporte para el género humano, no estamparon su sello o una cicatriz en el tiempo, el tiempo paso sobre ellos sin novedad, son la gran generalidad, son quienes no piensan ni en el frágil pasado ni el porvenir eterno, por ende no tienen nada trascedente que heredar, salvo algunos sencillos rudimentos, la simplicidad de sus existencias se limita al aquí y ahora, a la inmediatez homínida del que no pregunta por el sentido de la vida, la muerte y el tiempo.


La victoria sobre los límites que nos impone el tiempo, depende única y exclusivamente de nosotros. En efecto, el tiempo es soberano y observador, pero desde el punto de vista de nuestra mortalidad este se constituye –no siéndolo- en nuestro arbitro y verdugo, es en este sentido que es nuestro “limitador”. Y es dentro de ésta camisa de fuerza o cápsula limitante donde debemos trascender, es decir, evolucionar hacia la excepcionalidad temporal y la memoria eterna, en busca de una legitima noble y útil existencia. La memoria sobrepasa y vence el tiempo.


El tiempo no está a nuestro favor, sino que, en nuestra contra, es nuestro adversario y debe ser vencido por la búsqueda y obtención de la inmortalidad, entendiendo por esta, la existencia inteligente o pensante y la útil excepcionalidad que construyen los cimientos perpetuos de la memoria.


La inflexión ontológica es esencial y necesaria para quien descubre su miserable e ignorante generalidad. Quien se estrella con la verdad, es decir, su actual primitivo y sin sentido trayecto existencial, no debe pasar por alto su mortalidad y temporalidad, debe hacerse consciente de ello, al punto de obtener una nítida visión del entorno y su lugar en el tiempo, ahora desde las alturas del ser humano racional no animalizado debería iniciarse la metanoia, es decir, el encuentro o reencuentro con el sentido y propósito de la propia existencia, la búsqueda de la trascendencia, la inmortalidad y la memoria. El esplendor ontológico que vence el tiempo es la victoria sobre la mortalidad natural propia de la generalidad humana.


Se nos imputa un tiempo determinado sobre este mundo, consecuencia inevitable del primer delito que impregno de mortalidad y maldición toda la existencia. En consecuencia, nuestra humana vitalidad tiene principio y fin, no así el tiempo que pesa y pasa sobre nosotros. Sin embargo, la conciencia despertada goza de un esplendor creciente que dirige los motivos hacia la excepcionalidad, ésta inicia su vorágine contra la irrelevancia e inutilidad temporal, un “resarcir el tiempo” como meta final antes del gran silencio.


¿Somos conscientes de la ilimitada magnitud del tiempo, las limitaciones impuestas y la brevedad concedida? Nos resta ahora recuperar y conservar la memoria que llora abandonada en el pasado, el rescate de lo útil y sabio, la modificación sustancial de la idiotez generalizada e inconsciente que abusó de nuestra dignidad, ahora tomaremos el timón y fijaremos el rumbo hacia la eternidad.


La existencia inteligente no será consumida, desgastada o extinguida, pues hemos despertado, la conversión ontológica nos brinda la seguridad aun en la muerte, que no moriremos realmente, bajaremos irremediablemente al gran silencio, pero no en la humillante generalidad sino en la gloria de la excepcionalidad. La excepcionalidad es real y legitima en tanto poseedora de singularidades que trascienden al tiempo y a la muerte, esta es la inmortalidad del Ser-pensante, en esta condición nos libramos del yugo del tiempo, nuestra existencia temporal podrá desaparecer, más no nuestra memoria, pues nuestra existencia útil y singular indica el sentido, da respuestas y hereda una visión e individualidad empática que deja huellas permanentes. Son los herederos de nuestra excepcionalidad quienes seguirán venciendo la banalidad del mundo y al pérfido e implacable tiempo.

 


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