viernes, 26 de septiembre de 2025

EL GRITO QUE ESCAPÓ DEL SUEÑO

 



Por 

Profesor WALTHER G.


No escribo desde la orfandad existencial, pues soy veterano de guerras, de guerras espirituales sin final, no me victimizo ni me quejo, pero escribo porque es mi deber como héroe y veterano excepcional, plenamente consciente de mis aspiraciones trascendentales.


Abrigo la infantil fe de que lo que escribo será leído primeramente por quienes amo, especialmente los más jóvenes, luego leído por la gran masa de hermosas almas pensantes, respecto a la profana generalidad sólo albergo una diminuta y diluida esperanza.


Siendo las 5:12 de la madrugada de un 13 de Julio de 2025 y movido por un impulso y ansiedad irresistible es que me levanto de un salto de la cama para plasmar estas palabras antes que se difuminen. Sin duda es la inoportuna motivación de Faustina Dorothea, que después de algunos meses vuelve a ejercer presión sobre mi conciencia. Ojo, si ella se ha hecho nuevamente presente, me lo debo tomar en serio.


Es después de muchos años que nuevamente han vuelto a presentarse en mí, ciertas experiencias (¿sobrenaturales o naturales?)  que me dejan perturbado al punto de provocar una nueva inflexión en mi Ser, que derivan siempre en un cambio radical de conducta, la mayoría de las veces una vuelta a lo coherente y sensato. Una revitalización de las ideas relacionadas con la muerte, la existencia, el tiempo y el porvenir, una llamada de atención desde el sector más abismal de mi conciencia.


¿Cómo interpretar algunos acontecimientos cotidianos? ¿Un salvavidas? Es decir, una cadena de hechos que terminan indicando o confirmando un nuevo proceder o reiniciando alguno que ha perdido su vitalidad. Por un lado, será ¿la divina providencia dejándose entender o interpretar? ¿injerencia extrema de la Divinidad misericordiosa? En todo caso, discierno una guerra espiritual en ciernes, que cada cierto periodo extenso de tiempo reanuda sus hostilidades, teniendo como teatro de operaciones mi propio cuerpo.


En mi caso, ésta guerra se va gestando desde mi propia negligencia, por descuidar los muros de protección, no redoblar la guardia en la entrada, ni abastecer a tiempo al ejército, como resultado de esto, se han reanudado las intentonas de asedio.


Cuando digo que el “teatro de operaciones” es mi propio cuerpo, estoy hablando de mi inconsciente, es ahí donde fuerzas antagónicas inician las primeras escaramuzas, y es mediante experiencias oníricas que se extienden hasta los mismos lindes del estado de cuasi conciencia.


Sin lugar a dudas que los sueños y pesadillas son un conducto recurrente en la gran guerra espiritual por las almas, y en mi caso, esto cobra suma importancia por haber entrado a temprana edad en los oscuros negocios del Abadón. Fuerzas poderosas se enfrentan en el plano de mi inconciencia, y por ende soy volitivamente impotente e inútil. Éstas fuerzas espirituales antagónicas, como dos púgiles que chocan sus guantes en medio de un cuadrilátero y luego desplazándose terminan trenzados a golpes en una esquina o contra las cuerdas, así éstas fuerzas en el fragor del combate terminan en alguna esquina de mi cuasi conciencia, al punto que en algún momento ya no puedo determinar si el campo de batalla se ha movido más allá de los límites que significan las cuerdas.


Esto me resulta en extremo aterrador, pues soy testigo de fenómenos oníricos extraordinarios que me perturban por semanas, al punto que debo iniciar en algún momento del día un monologo con mi conciencia, esto es, caminar de aquí para allá repasando el sueño o pesadilla, recordando cada escena y reflexionando sobre la trascendencia o intrascendencia que esto implicaría.


No descarto que un sueño o pesadilla sea el resultado de alguna fuerte preocupación que con antelación ha embargado mi ánimo, y sumado a esto, un descuido personal en el terreno espiritual, si es así, no he más que allanado el terreno para un nuevo gran conflicto personal, en dicho caso sería pertinente un dialogo creyente al más alto nivel. Otra posibilidad que no descarto del todo es la condenada presencia de la nube negra.


Fue el 13 de Julio de 2025 cuando un lúgubre y confuso sueño comenzó a gestarse en mi cavidad craneana, sueño que paulatinamente maduró en pesadilla e insolentemente y sin respeto asomó su nariz en mi cuasi conciencia. Y como soy incapaz de experimentar sueños dóciles y esperanzadores, he aquí un nuevo sueño estúpido y macabro que la psiquis bajo presión, los mercenarios de Abadón o la nube negra tuvieron bien incrustar en mí una vez más. 


No puedo determinar precisamente el origen, más bien intento consolidar mis sospechas, y legar mis reflexiones a la posteridad humana pensante. Los resultados de las meditaciones a las que me someto más bien tienden a estar determinadas por los efectos objetivos que cada guerra produce. Toma de decisiones, radicalización de las inflexiones del Ser, compromiso con la búsqueda del esplendor del Ser, renovación y reafirmación respecto a compromisos descuidados, indiferencia hacia la homínida generalidad, profundización en la propia cosmovisión que tengo del mundo y de mi espiritualidad, reajustes conductuales severos, reconsideraciones personales en tanto Ser-humano excepcional, profundas consideraciones en torno a mi historicidad real y memorial.


Situaciones apremiantes y decadentes, lastimosas en extremo, invalidez e impotencia. Escenas inestables y controvertidas. Encontrarme de pronto sólo y obligado a ser un actor más del mismo miserable mundo al que pertenezco, nada es nítido, no hay certezas ni seguridad, no hay colores ni matices, la trama trascurre monocromáticamente para mi desazón. Según las profundidades a las que descienda, la cantidad de entidades involucradas y la mala digestión que vomiten sobre mí o la putrefacción de la mierda con la que decidan embardunarme dependerán mis posteriores reacciones ya en mi estado de plena conciencia.


Una joven niña que camina solitaria y vulnerable, ella no los sabe, pero yo sí lo sé. La sigo de cerca y no se percata, miro su figura juvenil y libre. Observo que camina calle abajo, deteniéndose en pequeñas tiendas de barrio, su ropa muy sencilla me conmueve, estoy a metros de ella. De pronto la escena cambia y ella desnuda continúa su recorrido, ella no lo sabe, pero yo si lo sé. Me acerco a ella para cubrirla, mis ojos se espantan, mi preocupación aumenta a lo sumo, por más que avanzo no la alcanzo, miro sus piernas y veo cicatrices, ella ignora mi presencia y mi angustia.


Por algún motivo que escapa a mi voluntad entré en estado de cuasi conciencia, mis ojos entre abiertos recibieron algo de la molesta luz ambiente, mi audición comenzó a transitar hacia la realidad, y la maldita escena comenzó a expulsarme con tozudez, con desesperación, luchaba por quitarme de la escena, hasta que cada tiniebla que rodeaba ese teatro de decadencia se evaporó. De pronto ya más cerca aún de mi conciencia, y habiendo desaparecido totalmente aquel perturbador sueño, escucho una voz fuerte e ininteligible, era la voz de aquella niña, en tono insistente y desesperado logró escapar del sueño y llegar hasta el terreno mismo de la conciencia para hacer más comprensible su voz, preste atención, y por fin logre atender sus palabras, eran llamados de auxilio ¡padre! ¡padre! ¡Ayúdame! ¡papá ayúdame!


Una voz fuerte y clara venida desde del sueño, se hizo claramente presente fuera de él, mis ojos ya terminándose de abrir y los oídos ya habiéndose integrado plenamente a la realidad, aún podían escuchar la voz clara y nítida, para luego pasados algunos segundos comenzar su lenta extinción.


Un pedazo de sueño se rebeló, una niña luchó por salir y hacerse oír. Su voz nunca más volvió al sueño, escapó, voló para hacer de mi corazón su habitación. Hoy, un excepcional trozo de ese repugnante sueño es libre y puro para nunca más gritar con desesperación.


Luego, pasado unos meses continúo meditativo. Al habérseme expulsado del sueño, la niña debió darse cuenta que era seguida y observada, me reconoció, y corrió tras mí, lucho por alcanzarme mientras me alejaba de la escena sombría, en su propósito venció todos los límites oníricos hasta llegar hasta mí.


A partir de entonces he revitalizado la práctica del dialogo creyente, reafirmando mi compromiso laboral con la reflexión, la escritura y la educación, no exento de debilidades y tentaciones, pero debo decir que el fruto está mucho más maduro. Soy un héroe que vivo en la excepcionalidad, decidido a ser un eslabón en la actual y última guerra espiritual.




sábado, 20 de septiembre de 2025

EXCEPCIONALIDAD INDÓMITA

 



Por 

Profesor WALTHER G.


Quienes transitan por la senda de la excepcionalidad, no escatiman esfuerzos por mantener y reafirmar ésta privilegiada experiencia. Esto se da siempre luego de una intensa ilustración, observación del entorno inmediato que constata la involución social y la vertiginosa destrucción del ser-humano tecnofagocitado, idiotizado y animalizado.


En efecto, la ilustración individual es la clave para la excepcionalidad existencial. Constituye un proceso evolutivo que nace a partir de una o más inquietudes personales que nos inducen a mirar más allá del propio ombligo. La senda de la excepcionalidad existencial esta cimentada por la información ¿Qué clase de información? Información sobre lo profano y lo Divino, lo inmanente y trascedente, todo lo razonable y civilizado, todo cuanto nos hace humanos y no bestias. Toda expresión de la inteligencia humana pasada y presente no debe pasar desapercibida para un Ser pensante y reflexivo.


Al estar debida y contantemente ilustrado desarrollaremos las herramientas necesarias para nutrir y ampliar nuestra cosmovisión, calibraremos el sentido común e incluso el discernimiento general para descubrir que no siempre lo masificado tiene sentido ni es la verdad. El entorno y su aparente realidad serán observadas con minuciosa y critica mirada.


Al contrario de lo que algunos podrían suponer, la senda hacia la excepcionalidad no implica necesariamente suficiencia propia, orgullo o soberbia, más bien debe entenderse a la luz de un resultado natural y obvio en todo aquel que es lúcido y consiente de las ventajas que por creación poseemos, desde éste punto de vista somos privilegiados y bendecidos ¡oh, seres humanos, corolario de la creación! 


La senda ascendente hacia la excepcionalidad del humano pensante, está marcada por el sabio y valiente uso de la voluntad individual, es decir, no considerara en lo más mínimo algo así como la voluntad general o la opinión de las mayorías, esta le son indiferentes y hasta despreciables. La voz pensante e ilustrada ignora y aborrece al idiota posmoderno con sus multivisiones y posverdades. El alma excepcional debe observar y escuchar con sospecha a éstas masas, y una vez corroborada la condición homínida de éstas, no invertir ni un segundo más en prestarles atención, cada instante invertido en ellos es tiempo restado a mis propósitos evolutivos, ni siquiera se debe considerar contar con su compañía, al contrario, debemos cortar vínculos y escapar tan pronto sea posible de sus inerciales y absurdos entornos. En tiempos de idiotismo generalizado, la asociabilidad resulta en tabla de salvación.


Nuestras relaciones sociales, deben más bien ser presencia social observadora, es decir ante el inevitable contacto con la generalidad homínida, obtenerse de relaciones sociales de confianza, cercanas e íntimas, mantenerlas sólo en su sentido utilitario. Las relaciones sociales epidérmicas nos mantendrán seguros, conservaremos nuestro estatus de observadores presenciales del entorno aún si para esto debamos ocasionalmente estrechar la mano de alguien o sostener algún breve dialogo.


La meta suprema del alma excepcional considerará para sí mismo una vida heroica. Para ello, debe reconsiderar con urgencia y determinación su actual actitud para con su existencia humana, es decir, su sentido. Esto se traduce en lo que he tenido bien llamar la individualidad empática. La excepcionalidad implica una decidida y osada individualidad, pero esta no es egoísta, ni sorda o muda, sino empática, más no cómplice. Jamás debemos ceder parte de nuestra individualidad so pretexto de ser empático, esto equivaldría a perder o traicionar la excepcionalidad. En todo caso, el ente objeto de mi empatía debe sobrentender que no puedo ni debo ni seré jamás él. Seremos siempre héroes y referentes para el Australopithecus contemporáneo, he aquí el verdadero propósito de nuestra individualidad empática.


El alma excepcional nunca se hace parte con los tumultos desenfrenados, ni se cuenta entre las masas moldeables y dirigidas. Nunca invierte tiempo en conversaciones superficiales y estériles. Huye del sin sentido, lo absurdo, lo irracional y caprichoso, es en toda circunstancia una presencia social observadora, más no un activo engranaje de relaciones sociales.


Nuestro confort se encontrará en los diálogos individuales coherentes, racionales e informados. Las actividades sociales que no reporten reflexión y asombro por su nutrición intelectual deben ser rechazadas. No evadiremos temáticas bajo ningún concepto, política, religión, ciencias de toda clase. La principal fuente de regocijo preferencialmente será el conocimiento del pasado lejano y reciente, insumo del cual carece el idiota posmoderno, he aquí nuestra batería y soporte que construye nuestra excepcionalidad.


En esta era digitalizada el alma excepcional se mantiene indómita. Somete en la más abyecta esclavitud todo medio tecnológico que ose afectar nuestra experiencia y propósito existencial. En efecto, la invasiva amenaza digital esta desprovista de emociones y sentimientos, es más, carece de voluntad, pero si le concedemos descuidadamente tribuna, le insuflaremos alma propia, en este caso, tendrá bríos para desafiarnos y aplastarnos en cuanto adquiera individualidad propia. La vorágine tecnológica que nos asedia, será esclavizada por el Ser-excepcional, debe ser sometida a un estricto régimen de servicio a nuestra heroicidad.




jueves, 28 de agosto de 2025

HACER THEOLOGÍA VERA DESDE EL ASOMBRO

 




Hacia una renovada disposición teológica para el tiempo del fin

 

Por

Profesor Walther G.

 

Algunas precisiones

 

“Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va. Estos fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y en sus bocas no fue hallada mentira, pues son sin mancha delante del trono de Dios” (Ap. 14:4,5)

 

En un mundo afectado por el cristianismo convencional, donde la fe ha sido despojada de su potencia ontológica y reducida a ideología, moralismo o espectáculo vaciado de racionalidad, surge la Theologia Vera como una respuesta radical. Esta “disposición de apertura teológica” busca una decidida y definitiva inflexión ontológica que sustituya al cristianismo inercial y restituya el esplendor ontológico de la fe cristiana, trascendiendo al cristianismo actual y despejando el horizonte a un nuevo creyente, al metacreyente del fin de los tiempos, al miembro de la última y única iglesia mística de Cristo en la etapa final de la historia de la fe cristiana, la etapa postcristiana.


Quisiera explicar sucintamente a modo de adelanto algunos elementos constituyentes de esta propuesta que derivan en una Theologia Vera.


Cuando aludo al cristianismo actual (no romano papista) en sus múltiples e interminables expresiones, incluyo a todas con el nombre de “cristianismo inercial o iglesia inercial” queriendo describir un cristianismo que subsiste a golpe de impulsos, utopías y supersticiones antibíblicas, costumbres y tradiciones enquistadas, liturgias paganocristianas y analfabetismo hermenéutico/exegético. En otras palabras, a la manifestación primitivista tribal, degradada y blasfema de cristianismo en la tierra.


Al hablar de postcristiano(a) o postcristianismo uso el prefijo post en un sentido temporal, es decir “después de”. Pero plantearé la pregunta, ¿después de que? Después de la gran decepción o desilusión que ha significado para una inmensa minoría en el cristianismo inercial, almas insatisfechas, hambrientas y utilizadas. La iglesia mística de Cristo debe madurar y protestar, debe preguntarse ¿esto es todo? ¿qué hay más allá? ¿soy libre realmente? Una vez nos respondamos estas y otras interrogantes estaremos en el umbral del postcritianismo, desplegaremos las alas al percibir el fuerte viento de la inflexión en nuestro ser, para transitar más adelante y más alto que el creyente nominal, conformista y ausente de él mismo.


El postcristianismo no abandona la historicidad de la iglesia cristiana, pero si es la superación de la versión degradada llamada cristianismo inercial. Postcristianismo es la renovación pneumatológica de la iglesia mística de todos los tiempos para éstos últimos tiempos. Es en esencia una iglesia apocalíptica en todo el sentido de la palabra, reconstruirá y terminará lo que ha sido destruido y abandonado. Concluye lo que alguna vez comenzó.


Al referirme a una “inflexión ontológica” (giro del Ser) o un “esplendor ontológico” (resplandor del Ser) aludo a dos o más situaciones experimentadas desde una misma realidad y verdad ¿Qué realidad y verdad? La realidad de que existo, soy ahora y aquí, no como un ente imaginario e intangible, sino como una realidad sensible y objetiva. Ésta realidad llamada ser humano vive, piensa, actúa y desea inteligente o estúpidamente, y en este existir camina aprendiendo o desaprendiendo, se educa y forma, o bien se animaliza y pervierte. Ya sea en una u otra dirección –no hay opción intermedia- siempre habrá un punto de inflexión que fija el rumbo hacia atrás o hacia adelante, hacia abajo o hacia arriba, y aún más, sobre esa misma inflexión, se suman otras inflexiones, como el constructor pone ladrillo sobre ladrillo hasta construir el gran edificio, o golpea ladrillo tras ladrillo hasta derrumbarlo todo, para bien o para mal, la o las inflexiones son parte integrante de la breve existencia. ¿Qué es una inflexión? Es un cambio de dirección, un giro, es tomar un rumbo distinto, en conclusión, una inflexión ontológica o giro del Ser sería un cambio decisivo, intimo, maduro, permanente y progresivo en el Ser-creyente existente, es un giro radical de creyente a metacreyente. ¿Qué podría provocar una inflexión? El asombro.


¿Qué es el esplendor ontológico? O resplandor del Ser, he aquí la segunda situación experimentada desde nuestra propia existencia como metacreyente. Es la vida desde las alturas y no desde una caverna, es volar con las alas totalmente desplegadas, es el gozo del saber, es al amor a la sabiduría, es la libertad para servir y ser un esclavo de Jesucristo, y deleitarse en la más voluntaria servidumbre. Es descansar en los brazos del creador y sentarse en su trono, es iluminar al mundo con la gloria de Dios evidenciada en nuestras obras. Es una existencia metacreyente refulgente como metal bruñido, es comunicar con la boca cerrada.


Por una inflexión fuimos constituidos creyentes, pues por otras inflexiones seremos metacreyentes, y este proceso nunca debe detenerse, hasta alcanzar nuevas alturas. La iglesia mística postcristiana del tiempo del fin está integrada por esplendidos metacreyentes.


El resplandor del ser debe ser resultado de reiteradas luchas y victorias individuales mediante la obediencia por la fe, de constante vigilancia y resistencias por la fe, también por la conservación de esas victorias y del oportuno e inoportuno dialogo creyente por la fe, también por la fe.


El dialogo creyente lo concibo como aquella comunicación personal, solitaria, audible y “extrovertida” con el único capaz de oír desde Orión. Dialogo creyente es aquella conversación entre Amo y esclavo, Padre e hijo, Perdonador y perdonado. Éste dialogo se desprende del testimonio bíblico como alternativa válida a la oración privada o “introvertida” de siempre. No es una osadía, pues constituye una atribución, honor y privilegio otorgado por el mismo gran YO SOY. Él dialogo creyente no es un monologo, es una conversación real con alguien aparentemente ausente pero que ciertamente nos oye, nos mira y conoce nuestras obras.


¿Te sientes sólo? ¡despierta! ¡nunca estamos solos! Puedes importunar al Creador donde estés, ¿estás trabajando en tu oficina? ¿estás en tu casa? ¿caminas por la playa? Puedes hacer un alto, alzar la mirada, observar a tu alrededor, quizás no estás en compañía de otro ser humano, pero Él siempre está allí. ¡Salúdalo! Comienza a dialogar, expresa tus alegrías, temores, tus experiencias, razona con Él, hazle preguntas o propuestas, agradece o solicita su perdón ¡tú y ÉL a solas! Habla en voz alta o sólo con tu voz pensante, pero comienza el dialogo por la fe, un dialogo creyente.


 

 Análisis y diagnóstico del cristianismo inercial

 

“Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era” (Stg. 1:23,24)

 

La Theologia Vera parte del reconocimiento de que el cristianismo actual ha entrado en una fase de inercia, un estado donde el cristianismo ha mutado a anticristianismo, es decir una religión saboteadora de sí misma, ya no es un medio referencial para la vida de fe ni para el saber de lo trascendente, ni contribuye a darle sentido al Ser-creyente más allá de cuatro paredes, un techo y un grupo de instrumentos musicales. Este fenómeno decadente termina reduciéndose en la patética ineptitud o insuficiencia evangelizadora, pobreza espiritual o presunción de fe, drenando lo poco o nada que aún queda de cristianismo vital, la misma profesa iglesia boicotea al Espíritu Santo ignorándolo, para luego dar hospitalidad en su seno a un sucedáneo del Santo Espíritu. Este sucedáneo es un intruso recibido con aplausos mientas utiliza a los mismos creyentes para gangrenar a la iglesia desde su interior. En este proceso, la disolución del cristianismo está resultando en un hecho, y esta disolución no será en términos estructurales, sino culturales, teológicos y espirituales.


El cristianismo inercial, al perder su arraigo hermenéutico, histórico, cultural y la noble aspiración dirigida a vivir el resplandor del Ser, queda vacía y carente de una real potencia transformadora que la arme y capacite para enfrentar y persuadir al mundo. Es en este escenario que la Theologia Vera no busca reformar unas estructuras religiosas agotadas, suficientes y testarudas, sino provocar una inflexión de apertura intelectual y espiritual individual: un punto de ruptura donde la verdad revelada vuelva a manifestarse con prístina elocuencia y esplendor desde cada creyente en particular y generando un movimiento catalizador de fe global. Un despertar desde la inercia, el prejuicio lo pétreo hacia lo plenamente consciente y libre.


El giro del Ser marca el punto de quiebre en la búsqueda del resplandor del Ser, el instante en que el creyente trasciende las formas vacías, sentimentales, primitivas, disidentes, iletradas, espiritistas y analfabetas del cristianismo inercial. Y éste motor motivador es el asombro, cuando son respondidas las preguntas ¿esto es todo? ¿qué hay más allá? ¿soy libre realmente? La libertad humana se despliega conforme al propósito del creador, es en este despertar que el Espíritu de Dios pone frente a nuestros ojos- la conciencia- toda su luz, se cumplen las palabras del profeta Daniel en el sentido que la “ciencia aumentará “en estos últimos días (Dn. 12:4,9).


El conocimiento de la Ley o el redescubrimiento de ésta, sacude la conciencia y lo ha hecho siempre en todo creyente inquieto y sediento (2 R. 22) Este proceso determinante y trascendente de giro del ser conduce inevitablemente a la superación del cristianismo inercial cuya pulpa subyace en el abismo de la estructura eclesial dominadora e inflexible.


También, en la misma conciencia del creyente asombrado surge un segundo orden de preguntas nunca permitidas por el cristianismo inercial, por considerarlas sacrílegas y desleales ¿mi militancia religiosa es una dependencia infructuosa y vegetativa? Este proceso no niega los principios revelados, sino que los lleva a su máxima vivencia personal, es la expresión espontánea y natural de un Ser libre y existente, que usa con libertad una facultad otorgada por el mismo creador, no constituye ningún pecado, por el contrario, el libre albedrío libera la conciencia capturada por la tradición, la superstición, la ignorancia y el miedo. No hay mayor acto de fe que cortar las cadenas puestas por otro débil humano sobre mi libertad de conciencia. La estructura no es una galera donde he sido condenado a remar de por vida, donde no se me permite hablar, movilizarme y debo conformarme con lo que me den de comer. La iglesia inercial no es nuestra dueña, lo es sólo Jesucristo.


Es en este sentido que el asombro por medio de la revelación es como probar nuevos manjares, no son nuevos, sino que los mismos ingredientes son preparados con la antigua receta probada y confirmada. Algún maestro chef avezado en el arte culinario conoce a la perfección las propiedades de cada ingrediente, al punto de mezclarlos y presentarlos de tal modo que son el deleite de todo comensal ¡habíamos probado este alimento, pero ahora sabe mucho mejor! ¡Y son los mismos ingredientes!


En la experiencia hacia el postcristianismo, no se deja de ser creyente, sino que se madura la fe originaria al dar el salto de fe, al mirar más allá, más arriba, al observar la revelación desde las alturas, en perspectiva y en panorámica. Son pocos los que “despliegan las alas por la fe” ¿Cuántos están dispuestos a cambiar la historia, su propia historia?


El metacreyente no es un disidente, no es un apóstata, no es un rebelde, al contrario, es un santo libre en Cristo y en virtud de esa libertad bien informada, es que camina por la fe en busca de pastos frescos y nutritivos, el metacreyente no escucha su voz interior, sino la voz de su conciencia ilustrada por la revelación de Dios escrita en la Ley (Stg. 1:25). El metacreyente es un hiper convertido, la experiencia metacreyente implica una profundización en la experiencia cristiana, no un alejamiento de ella, y esto como resultado de dos elementos: a) Una profundización y mayor toma de conciencia de su propia existencia/dependencia respecto de Dios y b) La práctica permanente de rendición de la voluntad humana a la voluntad de Divina revelada en la Ley.


 El metacreyente declara su libertad interior respecto de lo que es la verdad, con independencia de lo que el cristianismo inercial proclame, el cristianismo inercial no es la voz de nuestra conciencia ni dueña de nuestra voluntad, estas no deben ser absorbidas ni cautivas por nadie salvo por las Sagradas Escrituras.

 

“Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Is. 1:15-18)

 

 

De la Theologia vera

 

“Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace…La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.”

 (Stg. 1:25,27)


Una definición tentativa:

“Es la disposición intelectual y espiritual del Ser-creyente que, asombrado por la comprensión de la revelación divina, se abre a un giro del Ser que lo conduce y trasforma de creyente a metacreyente”.

“Es teología vivencial, actitud de apertura y obediencia radical a la Palabra revelada, un camino de asombro y discernimiento que restaura el resplandor del Ser creyente al Ser-metacreyente”.


 

Teología vera no presenta un corpus novum doctrinal que abrogue despótica y sin contemplación todo lo existente, sino que irrumpe como una “espiritualidad reflexiva de apertura” que busca desde la teología y el pensar existencial, inducir al revisionismo teológico con vistas a confirmar, reformar o desechar todo planteamiento teológico conocido. No se debe temer, más bien agradecer su propuesta. Es una “disposición por la fe” de apertura y discernimiento espiritual.


La Theologia Vera no se reduce a una formulación dogmática aceptada irreflexivamente; es una realidad ontológica que irradia plenitud y da sentido existencial al metacreyente. Teología Vera es un repensar el dogma, es revitalizar la relación intelectual con el texto sagrado, es un compromiso con la búsqueda, comprensión, certeza y apropiación de la esencia misma del texto inspirado, esta apropiación es injertada como elemento constitutivo en la vida misma del investigador sincero y consagrado, es decir, el buscador busca y encuentra cueste lo que cueste, como el buscador de la pepita de oro en un río. El investigador quiere saber si está en la verdad o no, no soporta la idea de estar en el error, vivir en un engaño o darse por enterado muy tarde que perdió su vida por una quimera teológica, cada verdad, imprecisión o falacia confirmada, descubierta o redescubierta es motivo de consolidación o reforma, decepción o alegría.


 La plenitud en la verdad bíblica absoluta generará una conmoción interior que impulsará solemnemente al creyente a posicionarse insistentemente frente al trono de Dios para juramentarse como leal esclavo del Creador. La iglesia mística postcristiana y apocalíptica será conformada por quienes en su boca no sea hallada mentira, que se mantienen vírgenes, reúsan contaminarse con prostitutas y son primicias para Dios y para el Cordero (Ap. 14:4,5) 


Teología vera es una vuelta a la reflexión escritural en vistas de dejarse asombrar y cautivar, es una revitalización, el despertar de las facultades intelectuales, una reformulación radical que pone cara a cara la presunción y la revelación. Es un revisionismo teológico que inicia en los principios tota y sola scriptura. Theologia Vera no erosiona ni la inspiración ni la autoridad de la revelación escrita, sino que construye sólidamente sobre el firme fundamento de los apóstoles y profetas, que como escalones ascienden al mismo monte de Sion (Ap. 14:1)


La Theologia Vera busca restaurar el resplandor del Ser individual, entendiendo la fe como un caminar de encuentro y renovación con la esencia del Ser-existente racional y creyente, informado por la revelación y que obedece voluntariamente a toda luz recibida. Un apartarse del vicio y la mecánica inepta, supersticiosa e infructuosa del cristianismo inercial con el objeto de preguntar a la propia conciencia ¿soy lo que profeso y pretendo Ser?


En el contexto de la Theologia Vera, el creyente inercial queda superado por el metacreyente: aquel que ha experimentado el giro del Ser y busca la verdad más allá de los dogmas, y reitero, esto no implica necesariamente abandonarlos, pero ciertamente replantearlos, es una opción sine qua non ateniendo a la honestidad intelectual que exige la senda hacia el postcristianismo final.


Este nuevo creyente no se aferra a estructuras fijas, sino que vive en la tensión constante entre la búsqueda, el redescubrimiento y la profundización del misterio revelado, e incluso -siendo osado- podría permanecer físicamente a la estructura inercial, pero siempre libre de conciencia y voluntad.





lunes, 25 de agosto de 2025

RECONOCER, ACEPTAR Y APOYAR LA VERDAD DONDE QUIERA QUE SE MANIFIESTE

 


Por:

Profesor 

Walther Günther

 

Reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera que se manifieste (Agnoscere, accipere et sustinere veritatem ubicumque manifestatur): una reflexión teológico-filosófica del Profesor Walther G.

 

El compromiso con la verdad representa uno de los fundamentos más profundos y exigentes del pensamiento teológico y filosófico. Reconocer, aceptar y apoyar la verdad allí donde se manifieste es un principio que interpela no solo al intelecto, sino también a la conciencia moral y espiritual todo Ser humano racional no animalizado. Este principio no puede reducirse a un mero ideal abstracto o a un enunciado decorativo dentro del discurso académico; más bien, se trata de una actitud vital, una orientación existencial que debe modelar el modo en que nos situamos ante el mundo, el conocimiento y la alteridad.

 

El acto de reconocer la verdad donde quiera que se manifieste requiere una sensibilidad espiritual y epistemológica capaz de identificar su presencia incluso en formas inesperadas, en contextos distintos a los propios, o en voces ajenas a nuestras afinidades inmediatas. Es un ejercicio de discernimiento profundo, que demanda humildad intelectual y capacidad autocrítica.

 

Aceptar la verdad implica más que un mero asentimiento mental; requiere un movimiento interior, un giro del Ser. La verdad transforma a quien la acoge. No se trata simplemente de incorporar nuevos datos o contenidos, sino de dejarse interpelar por una presencia que revela, que desinstala, que cuestiona estructuras consolidadas y obliga a revisar las propias certezas. En este sentido, aceptar la verdad es una forma de obediencia, como un acto de rendición libre de apertura a lo que es más grande que uno mismo.

 

Apoyar la verdad allí donde se manifieste es un imperativo ético- teológico. No basta con reconocerla en lo íntimo o aceptarla de manera privada; es necesario también sostenerla públicamente, defenderla cuando es silenciada, promoverla cuando es marginada, incluso si ello conlleva el costo del conflicto o la incomodidad. El compromiso con la verdad exige valentía, porque muchas veces su manifestación entra en tensión con intereses establecidos, estructuras de poder o consensos ideológicos y teológicos. La fidelidad a la verdad puede conducir al aislamiento, al rechazo o al cuestionamiento, pero es el único camino coherente con una vida fundada en la integridad del pensamiento y la honestidad espiritual.

 

Este principio —reconocer, aceptar y apoyar la verdad sin importar su procedencia— conlleva también una profunda consecuencia teológica: nos recuerda que el Espíritu de la Verdad sopla desde, donde y hacia donde quiere, que la gracia y la sabiduría pueden irrumpir más allá de nuestros límites confesionales, y que Dios no está limitado por nuestras construcciones conceptuales y denominacionales. Por ello, asumir esta actitud no debilita la fe, sino que la purifica y la expande; no relativiza la verdad inspirada, sino que le devuelve su carácter absoluto, no como imposición autoritaria, sino como presencia luminosa que interpela a todo ser humano racional y creyente en lo profundo de su Ser.

 

La tarea del pensamiento teológico (pensar la teología) en nuestro tiempo, por tanto, debe consistir en cultivar esta “disposición de apertura teológica”, en sostener una fidelidad crítica a las sanas tradiciones sin cerrarse a las nuevas manifestaciones de lo verdadero y más preciso, en articular una inteligencia espiritual que no tenga miedo del diálogo ni del cuestionamiento. Solo así será posible una theología vera fecunda, que no repita fórmulas vacías, sino que acompañe con lucidez y hondura el camino siempre inacabado de la búsqueda de la verdad.


Por su parte, Paul Tillich, teólogo existencialista, sostuvo que “la verdad no puede ser propiedad de ninguna confesión particular, porque es la manifestación del fundamento último del ser”. En este sentido debemos plantearnos una comprensión teológica más profunda y abierta, donde la verdad es vista como el horizonte último hacia el cual camina el metacreyente, y cuya manifestación puede irrumpir incluso fuera de las categorías que creemos seguras.

 

Reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera que se manifieste implica, entonces, una “disposición de humildad teológica”. Me permito citar a Simone Weil que también ofrece una perspectiva valiosa cuando dice: "El amor a la verdad exige un verdadero desarraigo." A menudo, el reconocimiento de la verdad exige abandonar los prejuicios, los discursos cómodos, las fidelidades ciegas a tradiciones que, aunque nos hayan formado, pueden volverse estériles o falsas. La fidelidad a la verdad debe prevalecer sobre la fidelidad a nuestras estructuras identitarias.

 

En el mismo espíritu, Karl Jaspers planteaba que "la verdad filosófica no es posesión, sino camino". No se trata de tener la verdad en propiedad, sino de caminar hacia ella, de buscarla humildemente, de dejarse transformar por ella donde quiera que se revele: en la ciencia, en la poesía, en el clamor del oprimido, en una intuición religiosa o incluso en la crítica que incomoda. La verdad revelada en las Sagradas escrituras nos indica que es progresiva, se “perfecciona” más y más en la conciencia del estudiante atento y perseverante, pero ojo, buscar la verdad con autenticidad puede conducirnos fuera del consenso o la seguridad del grupo, pero es el precio de una vida genuina. El giro del Ser, necesariamente nos separará del “rebaño inercial".

 

 

Reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera que se manifieste: una reflexión desde la Theología Vera

 

La afirmación fundamental "debemos reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera que ésta se manifieste" cobra un valor singular cuando se la interpreta desde las propuestas de la theología vera, que he propuesto en diversos escritos, insisto en la necesidad de una comprensión de la evidencia teológica despojada de encierros dogmáticos, institucionalismos paralizantes o absolutismos confesionales. La theología vera no se define por su sujeción a sistemas eclesiásticos cerrados y conformistas, sino por su fidelidad al giro del ser producido por el asombro de reconocer la verdad, la cual es más preciosa y valiosa que todo, de la santa, inspirada y única verdad, allí donde esta irrumpe con autenticidad y potencia existencial.

 

Desde esta perspectiva (theología vera), la verdad no es un objeto estático ni una fórmula doctrinal que se transmite mecánicamente, sino una presencia activa, una interpelación ontológica que acontece en el sujeto y lo convoca al encuentro. La theología vera, en este sentido, no se reduce a una exposición sistemática de dogmas, sino que se orienta al discernimiento profundo de la verdad y su sentido, que puede emerger incluso fuera de los márgenes tradicionales y acostumbrados.

 

Este principio se articula con una de las categorías fundamentales de mi pensamiento: la inflexión ontológica (giro del ser), es decir, el momento en que el ser humano experimenta una torsión interior que lo orienta hacia lo real y nítido, más allá de las superficies religiosas. Esta inflexión no se produce por la imposición externa de una verdad institucionalizada, sino por la irrupción desde el exterior, de una verdad que transfigura la conciencia. En este sentido, reconocer la verdad implica un giro del Ser, una transformación profunda del horizonte existencial.

 

A su vez, insisto en la crítica al cristianismo inercial como estructura religiosa que vacía la verdad de su carácter trascendente y la somete a los dispositivos ideológicos del poder, la utilidad o el consenso superficial. Desde esta crítica, aceptar la verdad se convierte también en un acto de resistencia contra las lógicas sectarias que pretenden domesticar el sentido común, el criterio personal y hasta el mismo discernimiento. La theología vera se alza, entonces, como una expresión de guerra espiritual, de defensa del carácter imprevisible, libre y radical de la verdad, una verdad que no puede ser negociada ni diluida en el discurso ecuménico contemporáneo, lo políticamente correcto o religiosamente alcahuete.

 

Apoyar la verdad donde quiera que se manifieste, en este marco, se convierte en una “vocación teológica, ética y profética”. El sujeto creyente, desde la perspectiva de la theología vera, no puede permanecer neutral frente a la manifestación de lo verdadero, aunque esta se exprese desde lenguajes distintos, incluso desde cosmovisiones no cristianas. Porque la verdad no es monopolio de una estructura religiosa, sino resplandor del Ser en su máxima intensidad manifestada en la vida y obra del metacreyente.


 El estudiante de la verdad debe desarrollar una actitud de apertura discerniente, capaz de reconocer esa verdad en el otro, en el diferente, incluso en el adversario. El discernimiento es imperioso en el giro del Ser, es la verdad analizada la que amplia la mirada y otorga claridad, y al mismo tiempo que reconocemos lo verdadero- con la guía del Espíritu- también descubrimos la mentira, pues todo lo que no está en armonía con la verdad general de la revelación, pertenece al error.

 

De ahí que la theología vera invite a una racionalidad y espiritualidad del encuentro con la verdad, una disposición interior que no teme el conflicto ni la incomodidad, porque su horizonte no es la confirmación identitaria, sino el redescubrimiento de la verdad y su exposición fiel. La verdad no es cómoda, no es domesticable, no es programable; es presencia que desarma, que abofetea, que asombra. En esta experiencia progresiva, el proceso teológico ya no es repetición doctrinal mecánica, ya no es un recitar el libreto, sino una humilde y sabia disposición de hospitalidad ante lo verdadero, nace en lucero ético del asombro y del coraje, poco a poco la Eterna Deidad va conformando su batallón de héroes para el tiempo del fin.

 

La heroicidad exige por parte del metacreyente convertirse involuntariamente en un factor divisivo, lo cual gatilla en una posible implosión del absolutismo cristiano institucional o la inevitable fuga apocalíptica del héroe desde el cristianismo inercial hacia la experiencia postcristiana.  Y esto producto de una reconfiguración personal de la “acción teológica” como búsqueda viva, como movimiento constante hacia el giro del SerLa theología vera es en este sentido, siempre una disposición teológica en tensión, en vigilia, en apertura. No se aferra a las formas muertas del discurso religioso, sino que busca el fuego que arde en el fondo de lo real.


La fidelidad a la verdad, como lo he planteado en mis alusiones radicales al sistema cristiano inercial, no puede ser una fidelidad abstracta ni institucionalmente manipulable. Es, ante todo, un dejarse interpelar por la manifestación viva de lo verdadero desde la revelación de las sagradas escrituras. En este sentido, reconocer, aceptar y apoyar la verdad donde quiera que se manifieste es el núcleo mismo de la theología vera: una teología no domesticada, no funcional, no encerrada en el recinto del cristianismo inercial, sino siempre disponible a la luz que irrumpe desde el misterio de la piedad, incluso cuando esa luz no provenga del lugar que esperamos.

 

Aprender y desaprender desde la hermenéutica bíblica: Eje central de la Theologia Vera

 

En el horizonte teológico, que es hacia donde siempre dirige la mirada el metacreyente, el proceso de aprender y desaprender inherente a la theología vera no puede desligarse de una referencia axial: la verdad revelada en las Sagradas escrituras. Este proceso formativo, cuando se sitúa en el campo de la fe, debe realizarse desde una hermenéutica bíblica, es decir, desde una lectura interpretativa histórica, crítica y gramatical de la Palabra revelada ajena al cuestionamiento de la inspiración y autoridad de la misma.

 

Aprender, en este contexto, no significa solo adquirir conocimientos teológicos o bíblicos, sino leer el mundo, la historia y a uno mismo a la luz de la Escritura. Y desaprender, a su vez, se convierte en un acto necesario cuando se trata de desmontar interpretaciones distorsionadas, doctrinas impuestas, tradiciones humanas o construcciones ideológicas que han empañado el sentido original del mensaje divino.

 

La Biblia, en tanto Palabra viva y revelada, no es un simple texto a memorizar, sino un parámetro hermenéutico que nos permite discernir la verdad allí donde esta se manifieste. La Escritura se convierte así en una fuente y criterio de juicio espiritual, frente al cual todo conocimiento, práctica o enseñanza debe ser confrontado. Como decía el apóstol Pablo: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes 5:21; 1 Jn 4:1).

 

Esto implica que el creyente, el teólogo y todo aquel que se forma en la fe, debe ser capaz de aprender lo nuevo con apertura, pero también desaprender con valentía todo lo que no está en armonía con el espíritu de la Palabra. Este discernimiento requiere una actitud de humildad y una hermenéutica viva, capaz de escuchar al Espíritu en el texto y en la realidad.

 

En este sentido, la verdad bíblica no es una cárcel conceptual, sino una luz interpretativa (las escrituras se explican a sí mismas): no se trata de encerrar la verdad en fórmulas y credos, sino de usar la Escritura como horizonte que ilumina el sentido de nuestra existencia, nos hace sensibles al lenguaje de Dios actuando en la historia, y nos capacita para reconocer la verdad allí donde se manifieste: en la vida, en el prójimo, en la creación, en el dolor, en el silencio, incluso en lo aparentemente profano.

 

Por tanto, el proceso de aprender y desaprender, desde la theología vera, se convierte en una tarea hermenéutica permanente, que exige fidelidad a la Palabra y apertura a la irresistible voz del Espíritu susurrando a nuestra conciencia. Solo así se evita tanto el ciego estancamiento sectario denominacional como el difuso relativismo postmoderno, y se camina hacia una fe lúcida, viviente y en permanente reforma. “Ecclesia reformata semper reformanda est secundum verbum Dei”